Aragón en la mochila – Por la Ribagorza oriental2018-10-04T14:06:20+00:00

Por la Ribagorza oriental

De todas las zonas aragonesas que de una u otra manera conducen hasta el Pirineo, es la Ribagorza oriental la más desconocida debido, sobre todo, a que al final de sus valles no hay grandes pistas de esquí o lugares donde prac­ticar la alta montaña. Por sus carreteras —re­gulares de firme y escasas de cantidad—, tan sólo pasan los esquiadores madrileños que, de modo despendolado, se aproximan en sus coches últimos modelos hacia Baqueira, o, bordeando el Noguera, los catalanes que acce­den hacia Benasque y sus valles. Los pueblicos y sus gentes miran impertérritos a estos urba­nistas que, apresuradamente, se dirigen hacia un lugar determinado desconociendo el resto por donde pasan. Un fin de semana no da para más y hay que aprovecharlo hasta su último minuto.

Y si desconocida resulta esta zona para esos «esforzados» turistas del «anorak» último modelo, igualmente de desconocido resulta, y de manera más vergonzante, para la mayoría de las gentes que desde el valle del Ebro —el centro geográfico y económico de Aragón— se dirigen hacia las tierras altas en busca de excursiones, ecología o vacaciones veraniegas. Las gentes de la tierra llana prefieren, y cono­cen mejor, otras latitudes pirenaicas. Por ello, hoy, en estas líneas me gustaría aproximar al conocimiento de unos lugares hermosos y sencillos, escasamente mancillados por turis­tas y que guardan en su entraña y, en sus gentes, una calidad humana y paisajística com­parable a la de cualquier rincón de nuestra tierra, o quizá mejor.

Para iniciar la ruta hay que llegar hasta Graus. Viniendo desde Huesca has pasado primero por la capital del Somontano y, si tienes tiempo, es bueno que abandones la variante que la circunda y te internes en ella. Barbastro no es una ciudad de grandes monu­mentos o maravillosos lugares, pero en total resulta una ciudad amable para pasear por su Rambla —hay ya una transición hacia el orien­te peninsular— o por esas calles estrechas o porticadas que rememoran unas viejas glorias comerciales cuando esa comarca estaba plena de habitantes y de actividad. Si hablas con las gentes de esta ciudad, cada una querrá ense­ñarte el rincón que más cerca de su ideología se encuentre. Yo te recomendaría que de esta tierra hicieses un buen cargamento de vino de la Cooperativa del Somontano o de la marca Lalane. Son vinos suaves, lejanos al apabullan­te «grado» aragonés y excelentes para, de cuan­do en cuando, echarte un trago al coleto acompañando chiretas —si es que las encuen­tras—, o para reempujar hacia el fondo del estómago la buena longaniza de Graus.

De vuelta a la carretera, pronto desciendes hacia el Cinca por la comarcal 138 y por unos cuantos kilómetros sigues el río por su margen derecha hasta que a unos ocho o diez kilóme­tros la carretera cruza el río por un puente enorme y destartalado dejando a la orilla de­recha una tortuosa carretera que te llevaría, de seguirla hasta Aínsa por el puerto del Pino y que, si en algún momento de tu vida no tienes nada mejor que hacer, seguirla es una expe­riencia inolvidable aproximándote a lugares tan interesantes como Naval, cuya cerámica popular resulta de una sobriedad magnífica y su factura, todavía hoy, es excelente.

Atravesando el rio —de cauce ancho, pedre­goso y desaforado en épocas de crecida— te topas de frente con el pequeño pueblo de Estada, que arremetido en las suaves lomas de sus espaldas te conciencia hacia otros luga­res más al este como son Estadilla, Fonz o más allá Binéfar y Monzón, tierras cuyas espaldas reverdecen y crecen gracias a las aguas del canal de Aragón y Cataluña que toma sus materias primas, precisamente, de este rio. Como también la toman, represando las aguas continuamente, las centrales que alimentan desde aquí la industria de Monzón, ahora tan dudosamente rentable para sus habitantes.

Y al fondo, como símbolo telúrico de las tierras del Sobrarbe, la hermosa e impresionan­te mole de la Peña Montañesa y, delante de ella, como altaneramente desfachatada, la si­lueta de la iglesia de Torreciudad, emporio turístico religioso y bodrio arquitectónico del Opus, levantado para mayor gloria de don Josemaría, su fundador y natural de estas tierras.

El sobradero de las aguas del pántano de Barasona deja caer las del Esera por entre estos murallones abriéndolos a pico. A la en­trada de este congosto, y como vigilante de estas rutas, Olvena te vigila. Si este camino los haces en invierno duro, los hielos, como celo­fanes navideños, bajarán por las rocas hasta las lindes de la carretera y las bocas de los sucesivos túneles estarán decoradas por los «chorlitos» pinos, que el agua formá al helarse. En primavera ésta te golpeará continuamente y te resultará difícil esquivarla. Por todos los lugares hay goteras. En verano, el cielo alto y limpio que verás a través de las álgidas rocas estremecedoras, te sobrecogerá si, deteniéndo­te en mitad de los túneles, te asomas a los sobraderos y escuchas en el fondo las aguas descendiendo a unirse con las del Cinca.

Tras del último túnel —«campo inundado, Aragón abandonado», según una pintura anó­nima y radical—, te darás de golpe con el pantano de Barasona o Joaquín Costa, enorme extensión de agua dedicada a la memoria del grausino inmortal que, por cabezonería altoa- ragonesa, planteó, de siempre, qué las aguas del norte de mi tierra deberían enriquecer el llano. Hoy, que este planteamiento está menos claro, no vamos a entrar, en polémica, pues Jánovas, al fondo del Sobrarbe, es otra bandera a levantar junto a Campo.

La vista del pantano es tranquilizadora y desde el punto de vista turístico todo resulta encantador. En verano familias catalanas acuden con sus barcas de vela o motor a descansar en sus orillas. En invierno las aguas estancadas producen tal cantidad de niebla que la carretera resulta bastante peligrosa y el grado de humedad de la comarca se ha visto incrementado de una manera brutal. Si a ello añades que la cola del pantano recae sobre las primeras casas de Graus, aparcando toda la suciedad estancada en sus orillas y que el beneficio de las aguas en nada favorece al pueblo, comprenderás que, cuando alguien acude por aquellas comarcas con mentalidad empantanadora, las gentes lo miren con res­quemor, y ahora ya con cierta rabia.

Graus es un lugar para detenerse, recorrer­la y charlar con sus gentes, comer su longaniza y entablar polémica con el colectivo que hace un mensual denominado el «Ribagorzano». Mensual que, tomando la cabecera del viejo periódico grausino ha producido un fenóme­no extraordinario: Una asociación cultural en la que participan gentes del Sobrarbe y la Ribagorza se lanzaron un día a revitalizar un órgano de difusión que plantease, a nivel co­marcal y luego regional, los problemas y asun­tos que a estas tierras preocupaban y preocu­pan. Pronto, la difusión fue enorme y huyendo de un posible centralismo grausino, el colecti­vo decidió realizar el Consejo de Redacción mensual en cada uno de los lugares donde hubiese un miembro de la asociación. El fenó­meno ha resultado extraordinario, ya que to­dos se hacen solidarios con todos y todos, en una zona de difícil comunicación, acaban com­prendiendo y entendiendo a las gentes de los otros entornos. De la fabla al catalán ribagorza- no, del castellano al benasqués; todos se hacen una lengua colectiva que sirve para unir, no para diferenciar.

Dejando la comarcal 138, que hasta Benas- que va a ir bordeando el Esera, y tomando una comarcal que se amorra al Isabena, justo a la orilla del hostal Lleida —un buen lugar para tomar fuerzas orgánicas o descansar, si las horas son de ello—, pronto descubrirás uno de esos lugares que escasamente se señalan en las guías: Un hermoso puente de siete ojos que, desde Capella, unía a las dos orillas del río. Párate y sube hasta la curva pina del puente y desde lo alto verás, al fondo, una mole enorme de roca, el Turbón que será, con la Montañanesa en el Sobrarbe, ese dios de piedra que en cada recodo del camino te vendrá a saludar con la misma sobriedad que lo hacen las gentes de por aquí.

Poco más adelante la carretera vuelve a la orilla izquierda del Isabena para aproximarse a las localidades de Leguarres y Lascuarre.

—Por esa carretera —te señalan una que saliendo de Leguarres se pierde al fondo por los altozanos de una sierra— se va a Benabarre. o Se la hizo Piniés.

—¿El embajador?

—El mismo. Por allí están sus propiedades.

Y te señalan hacia el sur. Poco más arriba, mientras a tu derecha te aprisiona la sierra de San Marcos, vuelves a cruzar el rio y te inter­nas por una comarca silenciosa y vacía, en la que, de vez en vez, aparecen caseríos aislados de enormes dimensiones. Una de ellas, la Colomina, guarda, adosada a su parte oriental, una pequeña capilla románica de una senci­llez sobrecogedora. En la pila de agua bendita una inscripción latina recuerda que un hijo de la casa de Cuara, en Tolva —pueblo cercano a Benabarre—, la regaló.

Es bueno por estas lindes hablar con las gentes del entorno. Escucharles en su idioma, en su acento y ver esa especie de amargura depresiva que difícilmente pueden arrancarse de sus expresiones. Todo se hunde despacio­samente, porque resulta muy difícil mantener, con las estructuras económicas actuales, los viejos lugares habitados en tiempos por seño­res y catervas enormes de criados. Hoy el tractor, aparcado a la entrada, sustituye la mano de obra campesina, pero no puede evi­tar la soledad del contorno.

Cuando continúas subiendo las guas del Isabena hacia el norte y miras por ultima vez hacia el Colomina ves la pared norte —la que recibe el frío y los vientos helados— derrum­bada y en la cabeza te repiten las frases de la mujer que, con una ironia amarga, te ha son­reído lejanamente a tus preguntas:

—Si supiésemos hacer otra cosa, no estaría­mos aquí. Pero no sabemos más que esto.

Y te señalaba el entorno, los animales del corral y el rio humbrío al fondo del paisaje. Nada mas

Roda de Isabena

Si llegas a Roda justo en un día de hacienda cuando los turistas catalanes todavía no han sacado sus cámaras de fotografiar y eres capaz, en el silencio de su entorno, de escu­char el aire detenido del tiempo en ese impre­sionante monumento que es el pueblo y la catedral, posiblemente serás feliz por unas décimas de segundo, tan difíciles de alcanzar en esta vida. Porque Roda tiene algo tan bello en su propio entorno que, antes de atravesar el portalón de la iglesia, conviene recorrerlo menudamente, escuchando el susurro de las mujeres que, al carasol del invierno, repajolean entre ellas con ese idioma tan suyo que arran­ca del catalán y del propio latín, para adoptar características personales como llamar a la comida «emta», directamente del latín, o «lime- da» a los límites, también de la vieja lengua de los Graco. Pero si realmente quieres llegar al fondo de este lugar, a sus entresijos, al cotilleo estupendo y alejarte del presuntuoso manual de arte, pregunta por el cura, pídele que te lo enseñe, que te lo acaricie. Y ese cura —Lemi- ñana, Francisco—, de pelo blanco, alborotado, aragonés de rabia y de reivindicación, te ofre­cerá una de las visiones más jugosas que puedas tener de algo tan impresionante como son estas viejas y monumentales piedras de Roda.

Es casi igual que, como dicen los manuales, lo que sucede es que éstos no pueden colocar la luz donde hoy entra el sol y sólo la voz de nuestro guía es capaz de hacerte ver minúscu­los rincones, como esa ventana ajimezada de restos mozárabes por estos andurriales, mien­tras te insiste que seguro que «aquí ya hubo

una defensa romana, situándose en una gran torre de unos cuarenta y dos metros de altura para defender el valle del Isabena».

Atravesar el pórtico y entrar al interior es un acto sencillo, pero dentro te surge toda la sobriedad del románico mezclado con un co­lor rosáceo que la piedra tamiza la posible dureza de unas lineas tan sobrias.

—Se inicio en el 956. En el 1017 se realiza una profunda restauración. Minuciosamente recorremos la parte superior y luego, como secretudamente, nos cuenta la leyenda, o his­toria, de unas enormes cadenas colgadas sobre una puerta de arco de medio punto referida a prisioneros de moros, allá por los años en que los españoles navegábamos duro por el Medi­terráneo.

En la cripta está la tumba de San Valero. Nos miramos todos un tanto asombrados y nos añade que también estuvo aquí la de San Ramón de Barbastro hasta que se la bajaron a su lugar de residencia.

Mientras seguimos recorriendo las distintas partes de la iglesia, mosén Miñana nos ironiza socarradamente del arquitecto restaurador y se siente molesto de tener que sufrir las órde­nes de un técnico que, en el fondo, desconoce la verdadera estructura de la iglesia. Este cura, que se pasa horas y horas recorriendo las paredes, piedra a piedra, tiene tal conocimien­to de la verdadera estructura que la historia y los hombres han ido creando por entre las paredes de este maravilloso conjunto, que oír como el arquitecto restaurador pontifica sobre ellas, lo pone nervioso y si no fuese por ese voto de obediencia que todo albañil acepta —este párroco trabaja de albañil sin sueldo para las gentes del pueblo— seguro que mas de una vez hubiese mandado a hacer puñetas determinadas cosas que allí se han hecho, como, por ejemplo, el desbarajuste de cemen­to que ha tapado completamente la antigua estructura de la torre de vigilancia.

Antes de abandonar la iglesia para pasar al claustro, se detiene y nos dice:

—Sería bonito que cada 29 de enero los zaragozanos que tienen por patrón a San Vale­ro se viniesen aquí de romería. Sería una bonita manera de que las gentes del valle conociesen estas tierras y, además, podría ser un buen día para intercambiar ideas y cultura.

—Si el Roda estuviese en Primera División, seguro que se desplazaban hasta aquí sin problemas. Pero venirse de romería en enero, ni pensarlo.

—En esos días siempre hace bueno.

—Da lo mismo. En este país todavía nadie es capaz de hacer un esfuerzo por la cultura de modo colectivo.

Entrar en el claustro de Roda, por lo insó­lito, resulta emocionante. Allí, mientras el sol de las primeras horas de la tarde ilumina la parte oriental de las arquerías, la voz del párro­co adquiere unos tonos emotivos.

—Este es el claustro más rico del mundo en inscripciones funerarias de los siglos xn, xrn y xiv. Solamente escribían el día, el mes, el nombre y el oficio. Y estas pinturas —añade abriéndonos la pequeña capillita adosada al claustro— son del maestro de Tahull.

Mirarlas largo rato y comprobar que te encuentras ante la obra de un genio anónimo por la fuerza de su expresividad, por la emo­ción de sus gestos y por la enorme sabiduría para desarrollar el tema que alguien debió de indicarle, es algo que te llega intuitivamente por muy lejos que andes de sabias bibliogra­fías. Allí, en aquel fresco hay tantos siglos de cultura que uno permanece rato y rato sin moverse, analizándolo a fondo, hasta los últi­mos detalles. Y cuando vuelves al claustro y parsimoniosamente avanzas al lado del cura, mientras el sol suavísimo templa la atmósfera de un enero seco y frío, la cabeza se te llena de historias, de imágenes, de fantasmas apren­didos en años de lectura y de conversaciones.

En la parte posterior del claustro, justo hacia la vertiente norte, una enorme prensa de 1874, permanece a la intemperie y la rabia del cura todavía se crece más:

—Se podría haber levantado un tejadillo para cobijarla del viento, de la nieve y la lluvia. Pero no, se ha dejado ahí, sin más, y dentro de unos años se habra podrido y desaparecerá.

Y tiene razón, porque este hermoso objeto, útil en un tiempo, hoy aparece casi como la obra escultórica de un artista contemporáneo que se plantease la utilización de materias sin sofisticar y ocupar espacios y cobijar vacios en su entorno. Si alguien que lea esto tiene poder para que se levante esa humilde cubierta que cobijase ese impresionante brazo de la prensa, creo que las generaciones futuras le agradece­rían su rasgo.

Frente a la prensa la base de la torre, reconstruida de la manera más ruda y menos artística que se podría concebir. Subidos al encementado pórtico que oculta el resto de la base, el panorama es impresionante: Abajo, agrietando las tierras, abriéndolas de par en par, el Isabena. Y hacia oriente otro paso, el Coll de Vent.

—Por allí se cuela la tramontana fría y heladora.

Hacia el sur se otean las sierras que cierran el camino del río y que éste ha ido, año tras año, y siglo tras siglo, abriendo a pico hasta desembocar en las aguas del Esera.

Frente a la base de la torre se alza una hermosa casa, ahora en restauración, de raíz y trazado románico.

—Se la estamos restaurando a unas gentes de Madrid.

—¿Por qué trabaja de albañil?

—Cuando vine aquí me plantee si debería renunciar a mi paga de cura y ganarme la vida con otro oficio, o practicar ese oficio, de modo gratuito para todas las gentes que lo necesita­sen, y vivir con el salario de párroco. Después de pensarlo un poco, decidí quedarme con el sueldo de cura y trabajar gratis para todos. Pienso que de este modo soy más útil.

Y nos sigue explicando cómo la mayoría de los habitantes de Roda están en Barcelona y que, de vez en vez, se reúnen allí para celebrar fiestas tradicionales del pueblo.

—En verano esto es otra cosa.

Antes de abandonar el pueblo nos introdu­ce de nuevo en la iglesia y, después de expli­carnos la doble cabecera de la sillería del coro,

se sube hasta el organo —un precioso artilu- gio— y comienza a hacer sonar los distintos tonos que son capaces de salir por los tubos de cinc. En el aire sobrecogido de la iglesia hay una emoción contenida que, a veces, te pone la piel tensa.

—Aquí han dado conciertos algunas veces. Hace un tiempo estuvo González Uriol y tam­bién el párroco de Agüero. ¿Lo conocen?

Afirmamos con un gesto y salimos hacia la calle, hacia la plaza irregular y sobria que ahora —cerca de las cuatro de la tarde— ha perdido la tertulia de las gentes mayores y su silencio recorre paredes y ventanas. Todavía aprovechando los últimos rayos de sol, nos sentamos en la escalinata. Con la vista puesta en las fachadas, muchas de ellas cerradas a cal y canto, charlamos de las gentes, los nombres, los oficios.

—Las casas se apodan por el oficio tradicio­nal que practicaban sus dueños en relación a la abadía. Están la casa Macero, el de las mazas, o la casa Tixidor, el tejador. Y así el resto. Los apellidos más corrientes de esta zona son Naval, Bailarín, Noguero, Lasheras y el mío, Lemiñana —se queda pensando y con­cluye: Sí, son los mas corrientes.

Nos levantamos.

—¿Se podrá comer por aquí?

—Pero, ¿aún no habéis comido?

Nos encogemos de hombros y él, busca por las puertas a alguien que parece que es quien acostumbra a cobijar a los «caminantes». Se ha marchado a Graus.

Intentando que no se preocupe, nos despedimos. Un poco más arriba, en la Puebla de Roda, nos detenemos. Entramos en un bar restaurante próximo a la carretera y sin ningu­na extrañeza nos acogen para comer.

—¿Qué les gustaría?

—Lo que tengan.

—Unos huevos y longaniza y una ensalada.

—Perfecto.

—¿Y caldo?

—También. Estupendo.

Y allí, mientras del asador, situado al fondo de la cocina-comedor, empiezan a salir los sabrosos humos de las longanizas ribagorza- nas, el caldo —un potaje hecho con los sabo­res estrictos de las verduras serranas— nos va calentando el cuerpo y una sensación de bie­nestar nos envuelve. El pan irrumpe las yemas de los huevos en un suave combate entre el paladar y el estomago vacío.

Camino de Bonansa

De atardecida abandonamos la Puebla y seguimos hacia el norte. La carretera y el río vuelven a entrecruzarse. A nuestra izquierda, el Morrón de Güel y el Chordal, una sierra y un pico, nos acompañan y a ratos nos constri­ñen contra el rio. Serraduy y Bernauy quedan en la margen izquierda del río mientras al fondo, hacia el norte, un enorme paredón nos anuncia el congosto y el desfiladero —igual que en otros valles pirenaicos— que el Isabena ha ido abriendo entre la roca y que, durante años, impidió el que las gentes del otro lado tuviesen un acceso más normal hacia Graus teniendo que dar una enorme vuelta por Castejón de Sos. En 1976 se abre una vía de comunicación por este desfiladero —de la Croqueta— y quizá, desde ese momento, Obarra se transformó en un núcleo turístico perdiendo el encanto de su verdadero signifi­cado: Marcar las lindes del olivo y de la tierra alta.

El entorno de Obarra es impresionante: Por el norte, el enorme murallón de piedra que lo defiende de los vientos helados. Por el este y el oeste, el mismo murallón se va desinflando hasta desembocar en sierras más suaves. Y por el sur es aire, el horizonte, la panorámica, el trigo y el comercio. Y en el centro de este entorno, el monasterio. Pero hoy, acercarse a el es algo realmente decepcionante, desde la travesía del rio que se hace por un pastiche de puente horripilante, hasta el propio edificio de la iglesia, junto con los edificios levantados para explotación turística, todo resulta falso y, a veces, de un mal gusto asombroso. Nada de lo que allí queda merece mucho la pena; menos mal que el interior de la iglesia resulta asombrosamente bello. El problema es encon­trar a las gentes que guardan las llaves, con­vencerlas de que se acerquen al monasterio y que te abran. Todo ello resulta demasiado esforzado. La razón es que aquel entorno es una propiedad privada y, como siempre, las pegas son mayores que los apoyos. Conviene, para entender el paisaje interior del monaste­rio, como indico en la bibliografía, llevarse bajo el brazo una buena consulta realizada al libro

«El nacimiento del arte románico en Aragón» editado por la CAI, y en sus páginas 87, 88, 89, empaparse de la historia, origen y evolución de estas piedras. En verano, la llegada de campamentos juveniles catalanes le dan un aspecto bastante distinto al de otras épocas del año. De todos modos, insisto, hay que recorrer estas tierras en esas épocas en que los urbanistas practican deportes ajenos al turis­mo humilde o se aparejan en los campos de fútbol para gritar contra el cesped lo que sea.

Luego, ya de enorme atardecida, atravesa­mos el estrecho de la Croqueta y mientras el sol enrojece el cielo por el sur, la carretera inicia la ascensión a través de un pequeño puerto. Arriba, cuando llegamos a lo más alto, nos detenemos para contemplar lo que en ese momento está produciendo la insegura luz de los últimos momentos del día: golpeando el enrojecido panorama sobre las blancas man­chas de nieve agolpadas a un lado y otro del paisaje, la belleza alcanza cotas ilimitadas. De súbito, la noche cae sobre el contorno y toda la visión se derrumba. Con la noche ya entrada llegamos Bonansa —tierra de Maurín— y las enormes estructuras que forman las casas, te asombran. Varios perros mastines del Pirineo ladran violentamente hasta que los dueños les mandan callar.

A esa hora en que el cielo acaba de sucum­bir a la noche resulta complicado llegar a un pueblo desconocido. Las gentes, que tras de la jornada de trabajo andan cobijándose en sus casas, desconfían de los recién llegados y apenas alguien responde a lo que preguntas. Y mientras vas de una casa a otra descubres la lápida situada en la fachada en la que nació Maurín y que recuerda su memoria como hijo ilustre de estas tierras. No se por qué mi llegada ese día y a esas horas a Bonansa me situó cerca del paisaje literario que Kafka re­construye en su novela «El castillo». Quizá la luz última del puerto, el contraste con las sombras, el aire detenido, las luces tan expre- sionistamente situadas en los escasos ángulos de las casas, influyeran en mí hasta que por una esquina la voz amiga de un amigo me sacó de la ficción y me volvió a la realidad: Bonansa, 60 habitantes, unos 10 ó 12 jóvenes. Y mientras entramos en su casa él continúa explicándo­me su pueblo y su contorno, hasta que al día siguiente nos despidamos en Graus entrada otra noche.

Marcelino —ese es el nombre de mi ami­go— nos lleva hasta su casa pacificando el animo juguetón de los enormes mastines.

—Todas las casas son enormes, porque aquí el ganado caballar, que fue la principal riqueza de estas zonas, no practicaba la tras- humancia. Permanecía con las gentes todo el año. Los momentos de máximo esplendor eco­nómico fueron los años de la guerra del cator­ce. Por los pasos fronterizos se hacía un con­trabando constante. Cuando se acabo la guerra, toda la economía se hundió. Maurín, que era hijo de una buena casa, tuvo que emigrar por el hambre acumulado entre los muros del enorme caserón. Y como él, otros muchos. Luego se fue variando hacia otros tipos de ganado, y hoy el vacuno y la cerda son las fuentes de riqueza de por aquí.

Esta larga conversación sucede mientras nos va mostrando su casa. Está recién reforma­da, con calefacción de leña.

—Hay abuelas del pueblo que aprovechan la visita para ir ai retrete y mear «calenticas». Creo que con el tiempo se la van a poner todas las gentes. Es cara de instalación, pero barata de mantenimiento. Y, además, que vivir aquí, estamos a 1.200 metros de altitud, ya es duro de por sí, como para aumentar las dificultades.

Recorremos el caserío y nos muestra las viejas habitaciones que ahora permanecen cerradas —«eran de los criados; había muchos criados»— y los enormes bajos que, en tiem­pos, albergaban la enorme masa de ganado caballar. De vuelta al cuarto de estar, en el equipo de sonido pone una música suave y mientras su mujer —de tierra llana, de Zuera, y secretaria del Ayuntamiento de Pont de Suert— anda azacanada con los crios y algún compañero de viaje le ayuda a preparar los enseres de la cena, la conversación continúa:

—Todo este territorio fue simpre una co­marca natural en la que el no, en lugar de separar, unía. Jaime II realizo la división here­ditaria, pero las gentes de aquí, que hablaban y hablamos el mismo idioma que las gentes de la otra orilla, siguieron sin enterarse hasta que la autonomía sí que ha roto la comarca natu­ral. Nos ha hecho polvo. La cabecera es Pont de Suert. Mi hija va allí a la escuela. No tiene problemas. Pero el problema surgirá el día que tenga que hacer el segundo grado de EGB o

el BUP. Tendrá que ir a Graus y lo que ahora son diez minutos, entonces se convertirá en trimestres completos lejos de la familia, y yo, que sufrí los internados, no quiero que esa experiencia la pasen mis hijos. Las autonomías no deberían romper burocráticamente lo que la naturaleza une.

Y Marcelino pone un acento de rabia en sus afirmaciones, porque él no juega al dispa­rate de lo «anti», sino que es partidario de lo útil. Es un luchador nato —así me fue en la «mafia» del esquí— que ahora, sobre todo, está metido de lleno en su comarca, en su agricul­tura y en su ganadería.

En la mesa, un plato exquisito nos hace chuparnos los dedos.

—¿Qué es esto?

—Estofado de jabalí con chocolate.

Un sabor especial se contrapone entre los dos ingredientes haciendo de este plato un delicado y excelente punto para «gourmandes» exigentes.

Y ya sobre la mesa, hablamos de cotidianas fiestas, de platos típicos, de dances y vestidos.

—No hay vestido típico por aquí. Desde Banasque a Tahull no existen trajes típicos. Y el baile de por estos sitios es el «bal pía». Se toca con acordeón y las mujeres bailan en un lado y los hombres en otro. Se dan la vuelta. Es un dance pausado y, quizá, un poco monóto­no, pero de una rara belleza.

Repetimos todos el jabalí con chocolate excelentemente estofado y seguimos hablando de comidas.

—Para las bodas y los entierros se preparaban los crispillos. Y la gran fiesta del pueblo se hacia para el esquile. Ahora la que se celebra por todo lo alto es la de San Sebastian o de Santa Coloma. Viene de la vieja tradición que surgió cuando una peste asoló estos lugares. Nadie podía enterrar a sus familiares y se creo la cofradía. Ahora, ya sin pestes, hacemos las fiestas el día de pasar las cuentas, los gastos, ios muertos habidos y las latas. Todo el pueblo es cofrade, desde que nace hasta que muere.

El día de las cuentas se prepara una gran fiesta en casa de prior. En tiempos acudían sólo los hombres. Ahora los sesenta habitantes: chicos, chacos, mujeres y hombres. Se comen chiretas…

—¿Qué son chiretas?

—Es un plato típico de Sobrarbe y la Ribagorza. Es como una morcilla de arroz, pero sin sangre y se mezcla con éste los menudos del cordero.

—Y frechinats y coles con sardinas de cubo, igual que como se comen las migas adobadas con las uvas allá para los septiembres.

Nos vamos calamocando suavemente con esos vinos de la tierra baja que, subidos a estas latitudes dice la tradición, aunque la ciencia lo niegue, que suben de grado.

Otra tradición de por estas tierras es sacar la Pascua. Un acto para comer huevos. Cada uno podía comer tantos huevos como fuese capaz el Domingo de Resurrección. En otros pueblos de por aquí los huevos se los ofrecían al cura…

—Se pondría amarillo.

—Y se quitaría un poco el hambre que entonces anidaba en todas las tripas.

Luego de la cena nos sentamos en los confortables sillones situados alrededor de una mesa baja y tomamos café y licores.

—Recuerdo —comentó— que hace unos años unos franceses; hispanistas y amigos, me decían que una de las cosas que más les había impresionado de las casas campesinas españo­las era la inexistencia de sillones confortables. Todo era, así lo explicaban, líneas rectas. Me allegro de que de pronto tu casa sea de otra manera.

—Hasta que se lo quede todo la Caja Rural —ironiza Marcelino mientras su mujer mueve la cabeza afirmativamente—. Porque por aquí el único recurso es la agricultura y la ganade­ría. No hay turismo.

—El turismo está en dos valles muy carac­terísticos: Benasque y Arán. Por aquí pasa, y como la carretera es tan mala, los domingos los crios se sientan en los pretiles para ver las caras que ponen los esplendolados conducto­res de BMW últimos modelos. Vienen de Ba- queira, que, por cierto, ya no hay ganadería. Los pastos los aprovechamos nosotros y se ha ido produciendo un terrible proceso de prole- tarización de los campesinos y ganaderos. Si un día el turismo hace «crac», estas gentes pasaran hambre.

Luego, mientras la noche se va haciendo cada vez más vieja, hablamos de otras cosas de nuestra tierra, porque ellos, aunque parlantes del catalán oriental se sienten aragoneses has­ta el fondo, o hasta que una política disparatada de la Diputación General de Aragón les haga cabrearse y unirse a los niñatos de San- toren que, habitantes de Barcelona, reclaman la catalanidad de estos parajes. Y Marcelino mueve la cabeza de un lado a otro como queriendo decir que esos son posturitas que a nada conducen. Y volvemos a hablar del «Riba- gorzano», ese periódico mensual que les ha cambiado de raíz y los ha transformado solida­riamente en un movimiento de defensa de sus tierras, entornos, paisajes y celebraciones. No quieren, en ningún lado, morir ante la avalan­cha terrible de la tecnología. También habla­mos a esa hora que ya las brujas se retiran a sus recovecos, de esa zona ribagorzana que recorre la carretera que une la Nacional 230 con la Comarcal 139 y que, en los mapas de carreteras, aparece con la numeración 144. Pasa por Laspaules, el Coll de Fadas y desem­boca en Castejón de Sos. Es uno de los trozos más hermosos de este entorno.

—Un día lo recorreremos.

—¿Seguro?

—Seguro.

Y en una confraternización etílica nos va­mos a dormir.

Hacia el río

La mañana aparece magnífica y los restos fantasmagóricos de la noche anterior desapa­recen totalmente. El aire es frío, pero de una pureza sobrecogedora. Uno se encuentra feliz y durante el desayuno volvemos a rememorar y a confirmar muchas de las ideas discutidas la noche anterior. Luego, despidiéndonos de la mujer y de los crios, volvemos a la carretera. Nos vamos cruzando con coches últimos mo­delos matriculados en Barcelona y Madrid. Atraviesan este hermoso paisaje azuzando a sus coches como intentando huir de la sole­dad de estos lugares y llegar pronto a los embotellamientos urbanos. Porque hace falta la insensibilidad típica del urbanista actual para no ir deteniéndose y ver, desde la vertien­te aragonesa, los hermosos paisajes y puebli- cos colgados por el lado catalán.

Luego de ascender un rato y ver al fondo los picos altísimos de la Maladeta, la carretera regirá por entre los montes y transversalmente —extraño sistema pirenaico de pasar de una cuenca a otra de los ríos— a los macizos, comienza a descender hacia el rio Baliera. Es un rio torrentera, que nace en la vertiente sur de la Maladeta y que unos 500 metros más allá del cruce de carreteras, desemboca en el No­guera Ribagorzana. Al fondo del valle, y colga­do en las paredes cubiertas de prados, esta Castamés con el castillo de Valcabra aupado en lo más pino del paisaje y que, en tiempos, eran los señores feudales de por aquí. Al lado derecho de la carretera, unos grandes terrenos preparados para camping veraniego malhumo­ran otra vez a Marcelino:

—No hay derecho a hacer eso —señala el camping— se matan para un turismo de esca­so tiempo las posibilidades de unos pastos ricos y fértiles. Debería surgir una ley que prohibiese todo lo que el turismo significase de atentado contra la vida natural de los valles. Si en lugar de levantar aquí el camping, lo hubiesen hecho en esos otros prados situados al lado del pueblo y de menores posibilidades ganaderas, nada hubiese perdido el turismo y hubiese ganado mucho la ganadería.

Por fin desembocamos en el río. Ahora los límites entre Aragón y Cataluña serán confu­sos y la carretera se irá entrecruzando por las distintas lindes. Ahora caminamos por la zona catalana y, al otro lado del valle, en la zona aragonesa, los «radicales» han colocado una enorme bandera regional para marcar las dife­rencias. Y cruzando el puente sobre el Nogue­ra, los carteles andan con el mismo desconcier­to que las declaraciones que, de vez en vez, se nos pega el señor Barrera más próximas a las autonomías de fielato que ellos propugnan, que al universalismo a que nuestras propias raíces nos conducen.

Lo primero que te asombra al recorrer este valle es la inexistencia de agua en el río. Todo él ha sido conducido a través de canales inte­riores, hasta las centrales eléctricas que, por cierto, siempre están al lado catalán y que son ellos quienes cobran el impuesto de erradica­ción de empresas.

—¿Pero esto no se hizo en la época del franquismo?

—Sí.

—¿Y no lo hizo una empresa nacional?

—Sí. Y ello te puede dar una buena idea de cómo siempre las fuerzas vivas catalanas apos­taban por su tierra, mientras las aragonesas y oscenses sobre todo, permanecían en el más hermoso lugar de la estupidez.

—Y ahora, toda la culpa de los vecinos.

—Es indignante.

El Noguera Ribagorzana no existe. Miles de millones han desviado el río para ser aprove­chado eléctricamente. Y Pont de Suert, un viejo pueblín con una pierna en Aragón y el resto en Cataluña, se transformó totalmente a fines de los cincuenta y los sesenta. Escasamente que­dan unos porches en la parte vieja y la iglesia de esa zona que recuerden lo que era. Arriba, junto a la carretera, el mal gusto franquista permanece sobre estructuras graníticas más típicas de la sierra de Gredos que del pirineo. Hoy Pont es un núcleo urbano de enorme importancia que también ve cómo los turistas domingueros pasan de largo hacia las cumbres o hacia los trabajos cotidianos.

Recorrer la parte vieja de Pont merece la pena, porque se vuelve a encontrar uno con el núcleo urbano que, durante siglos, debió de ser el lugar de paso para las gentes de los contornos que iban de un lado al otro del rio, y no de las rayas fronterizas. Esa calle antes mencionada recuerda seguro a los muchos comerciantes y pastores, a los ganaderos y agricultores que, cobijados bajo los porches de hielos, lluvias y soles, ofrecerían a las gentes de la comarca el intercambio de sus productos. Bajando hacia el río, las calles tienen todas un encanto quizá disminuido por la propia degra­dación a que el abandono de esa zona las está sometiendo. Sobre el puente miras al fondo del cauce y solo ves aguas degradadas, piedras descoloridas y silencio.

—Ecológicamente esto debe de ser un de­sastre.

—Enorme. Ha destrozado los restos de huertas. No hay huertas y los problemas de infraestructura higiénica son graves. En la otra orilla del río —hoy ya catalana— un rótulo que dice calle Aragón recuerda la vieja historia de esta zona. Regiramos y subimos otra vez hacia el pastiche fascista y degradante que significa el entorno central de Pont.

Y de nuevo hacia el sur, por una carretera de trazado moderno y suave que, de cuando en cuando, encuentra nuevos pantanos, como el de Escales, en el que la frontera catalano- aragonesa está en el centro del mismo. Y nuevamente, otra vez el estrecho, y al otro lado una localidad diminuta y hermosa: Sopeira (bajo la piedra). Y, efectivamente, a sus espal­das, como una gran pantalla solar, un enorme e impresionante roquedal. Hacia el sur, a partir de aquí, el olivo. Hacia arriba, después del desfiladero, los pastos. Nunca debieron subir los moros más allá de ese enorme murallón.

Desde la carretera al embalse descendemos por las calles perfectamente cuidadas y que, a esa hora del mediodía, están llenas de paisa­nos amables que en su habla charlan sobre el tiempo mientras nos miran detenidamente. Y, suavemente, entre los olivos que bordean la presa —«ésta es del tipo que se debería haber hecho por aquí, no mata nada y las gentes no tienen que marcharse»— y los pequeños ban­cales llegamos hasta el Monasterio levantado en honor de Santa María de Alaon. Es un edificio sobrio y muy hermoso que recuerda las estructuras lombardas. El paraje es magní­fico y lo recorremos por todos los ángulos. Al otro lado del rio, y subido a una pendiente pina y agreste, se divisa una ermita.

—Allí deberían huir los frailes cuando vinie­sen los moros. De nuevo vamos ascendiendo hacia la carretera, esta vez en compañía de una perra loba que se ha unido a nuestra comitiva. En un altozano se ven una serie de estructuras extrañas, que no sabemos muy bien lo que son.

—Colmenas. Son colmenas cilindricas, de las que se usan por aquí. Se hacen con varas de avellano y estiércol de vaca. Son de forma cilindrica y las abejas luego se montan dentro toda la estructura de panales. Cuando han hecho la miel, para sacarla hay que destruirlas completamente. Mucho más esforzadas, para todos, abejas incluidas, que las actuales. Antes de subir al coche charlamos con las gentes que andan por las cercanías. Marcelino los saluda y entre todos se organiza un buen batiburrillo a base de los impuestos agrícolas que, en esos momentos, andan álgidos entre el personal. La perra se quiere venir con nosotros. Forzándola, la dejamos en la carretera y, cuando iniciamos la marcha, durante un buen trecho, nos persi­gue. Al final de unas curvas la vemos perderse. A todos nos queda una pequeña congoja y durante un buen rato nadie habla, hasta que de golpe, justo a la orilla de Arén, allí donde la general hay que dejarla para tomar el desvío hacia este pueblo, el paisaje se abre acalorado por el rojo vivísimo de las arcillas. Es estreme- cedor y antes de llegar al pueblo paramos para ver el panorama, que resulta hermoso y emocio­nante.

Atravesadas las casas nuevas e impersona­les de Arén y llegados al barrio antiguo, la sensación de ver agonizar a un gigante, te envuelve: la plaza porticada, los edificios sun­tuosos, ahora cerrados, las paredes agrietadas, el castillo del ochocientos ya casi impercepti­ble y luego el tono de las paredes, de los muros, el aire entrecogido de las ventanas y de las rejas, te vuelve a confirmar en esa idea primera, porque todo está por encima de la realidad actual, del silencio que envuelve el aire, del tono acansinado que desanima, de algún modo, a los habitantes de este hermoso pueblo.

Mientras comemos —el sol viene del fondo por una cristalera repleta de flores— hablamos con gente de Arén sobre la realidad del pueblo.

—Es una sociedad de jubilados. La mayor parte de los hijos están fuera. Aquí están los abuelos. Si les suben la jubilación —ironiza— la vida de este pueblo se hara más marchosa. Luego nos cuentan el origen de la riqueza del pueblo, de esa preciosa plaza porticada que, con un poco de ánimo podría llegar a tener casi, casi, la belleza que hoy han sabido encon­trar las gentes de Ainsa. Nos dicen que fue la viña, hasta que apareció la carretera y enton­ces se hizo riqueza la cría del pollino.

Frente a nosotros anda comiendo una pa­reja muy joven. Son de la comuna. Vienen por aquí y, aprovechando los pueblos vacíos, esta­blecen una pequeña comuna. La más famosa es la de Cornudella, formada por vascos y alemanas. Al principio, las alemanas bajaban a la fuente desnudas, hasta que los escasos habitantes decidieron poner el grito en el cielo y les obligaron a andar un poco más vestidas.

Me cuentan que, en algunas zonas, la «re­población» de nuevas gentes está siendo tan importante, sobre todo en la parte catalana, que ya han solicitado el correo y una maestra. La gente los mira con simpatía. No se meten con nadie y viven de su trabajo, de trabajos artesanos que realizan y que luego o exportan a Barcelona, o lo venden por los pequeños mercados del contorno.

Cuando salimos del restaurante, el pueblo está lleno de humo proveniente de un horno comunal, que en el día de hoy han inaugurado esta misma tarde. Huele a madera y es agrada­ble estar en la plaza, al lado de la iglesia, tranquilamente aspirando el olor a carrasca y pino.

—Casi no queda otro folklore que el baile de la Roda que se bailaba el veintirés de mayo. Sólo eran hombres cogidos de la mano. Daban vueltas, como en una sardana, pero sin pare­cerse nada a ella. La ultima vez que la bailaron la montaron, hace unos tres años, las gentes mayores del pueblo y la música se la grabó un hijo de Aren que vive en Barcelona.

Aparece el autobús de línea y me fijo en el indicativo direccional: Arén, Lérida.

—¿Y para ir a Huesca?

—En ése hasta Lérida y luego, con otro, de la misma compañía, hasta Huesca. Luego dicen que el «pescado es caro». Lo que nos extraña es que haya pescado. Y, sobre todo si añades a algún señor o señora maestra que golpea a sus alumnos por hablar en catalán, que es lo que hablan y han hablado siempre sus padres. Estamos aqui por inercia o por falta de valor.

—No exageres.

—No exagero.

El autobús de línea abandona ruidosamen­te la plaza y nosotros, tras de él, seguimos la ruta hacia el sur.

A unos doce kilómetros de Arén se toma un desvío hacia la derecha, escasamente señalado y, por una pista de polvo y piedra, aupándote por la orilla de un barranco empobrecido y cicatero, desembocas en el final de la pista ante una visión insólita: Montañana.

Está completamente vacía esta vieja ciudad fortificada a la que se entra bajo un arco defensivo y que, a través de calles vacías, descubres poco a poco, como los buenos y excelentes platos.

Las casas son hermosas. Dos barrancos dividen al caserío y, en uno de ellos, en el mas oriental, las casas van ascendiendo hasta la iglesia y hasta los restos impresionantes de una torre circular, ahora partida por la mitad y abocada al fondo del barranco. Delante de ese enorme resto, una iglesia del trece pone una nota de belleza desacostumbrada. Porque el pórtico —abandonado al aire y a las lluvias— es de una belleza tan serena que uno pasaría tiempo viéndolo con el detenimiento que se merece. Y otra vez, por el pequeño pasillo, al torreón desguazado, a ver el fondo del barran­co, ocupado también por una ermita perfecta­mente delimitada en el románico. Desde lo alto, igual que en Roda, el panorama es enor­me: se ven tantos kilómetros de perspectiva que comprendes cuál seria el emplazamiento de este abrupto lugar, hasta que, poco a poco, las nuevas formas de vida fueron desusando el carácter estratégico de la vigilancia y, mientras las gentes se bajaban a la orilla del Noguera Ribagorzana fundando ese nuevo pueblo deno­minado el Puente de Montañana, los últimos señores seguro que abandonaron la nave, co­mo siempre, antes de que zozobrase, dejando este hermoso enclave a la ruina total del tiempo.

Ahora, en verano, regresan los antiguos habitantes a pasar sus vacaciones colectivas con otros paisanos. Resulta chusco entrar por las calles de un Montañana abandonado y ver, en las paredes, los carteles anunciadores de las fiestas del último mes de agosto y todavía, en una pequeña capilla situada en el pueblo, pueden verse los restos de haber utilizado aquello como el bar colectivo.

Está atardeciendo cuando regresamos al coche y saludamos a un matrimonio mayor, únicos habitantes del lugar. Nos cuentan algo más sobre lo que fue y las razones por las que dejó de ser. Ellos trabajan abajo, en el Puente, pero prefieren venirse a dormir y a vivir aquí.

—Hemos pasado toda nuestra vida aquí y queremos seguir aquí.

De vuelta a la carretera general la noche se nos echa encima y hasta Graus, por Benabarre nos vamos a encontrar con toda la turistada

catalana que regresa, a zacanada, al colectivo barcelonés por miedo a quedarse solos.

La carretera es tortuosa y aberrante. Un día la Generalitat se hartará de que sus «chicos» pasen estas calamidades y seguro que se hará una que pase tan sólo por límites catalanes dejando a Benabarre apartada de las corrien­tes turísticas. En Huesca eso lo toman a broma. En Huesca casi todo lo toman a broma y así les ha ido a lo largo de la historia; pero esperemos que un día algo cambie que haga cambiar las estructuras enranciadas de estos burócratas alto aragoneses.

Benabarre y Graus

El punto final de este recorrido, o quizá el punto inicial, eso depende del camino, las ganas y el humor, son estas dos viejas y her­mosas damas ribagorzanas, que no lejos una de otra, pero separadas por, a veces, distancias enormes de carreteras insoportables e intere­ses contrapuestos, alejan de modo considerable.

Benabarre ocupa, desde tiempos pasados, un importante lugar como enclave de comunicaciones. Prueba de ello es que esta villa de calles intrincadas recuerda más a una fortale­za que a un pueblo abierto a sus propios campos y lugares. La ruta que ahora obligatoriamente siguen los turistas catalanes que as­cienden hasta el valle de Arán es la tradicional, y su punto de reencuentro y separación es precisamente esta localidad nacida a los pies de su castillo.

Esta villa a la que llegué hace años para cantar en el patio de sus escuelas, precisamen­te en días que las cosas no andaban nada claras y cuyas calles recorrí con la necesaria intimidad que sus arcos y rincones solicitan, sufrió también las iras de aquel enemigo de Aragón que fue Felipe II y lo que no pudieron hacer ni moros ni cristianos, desde la vieja «Ibn-Awar» hasta Jaime II, lo consiguió el extra­ño ciudadano de la corte «lisboeta».

Es un lugar para pasear, pero también para visitar, pues casas como las de los Escala, Arostegui y Cambra no son nada despreciable. Por sus calles se masca un intenso sabor a Cataluña y quizá sea una observación muy subjetiva, pero siempre que he andado por sus calles, esa sensación la he notado con una fuerza totalmente desconocida en Fraga o en la Litera. Por allí las cosas están claras: una cosa es la lengua y otra la nación. Por aquí nunca he visto esa diferencia totalmente aclarada. No sé tampoco si esa sensación habrá cambiado ahora que las gentes de toda la redolada ribagorzana se sienten solidarios unos de otros y son conscientes de que las castañas se las saca cada uno de su propio fuego, pues nadie va a venir a ayudarte.

Cerca de Benabarre está Tolva, que además de tener de cura a un hijo de «La Colomina» —el que dono la pila de agua bendita, como consta escrito— el pueblo cuenta con una hermosa iglesia románica del doce y restos de fortificaciones que siguen comfirmando el carácter de nudo comunicacional de esta zona. De estas ruinas las mejor conservadas son las de Falces, levantadas por orden de Ramiro I el Monje.

Y Graus, con sus orillas fluviales recorridas por el Esera y el Isabena, con su Santuario de la Peña alzado al aire, cobijado contra el roque­dal, hermosamente abierto al aire con sus arcadas y desde cuyas balconadas se divisa una de las más hermosas perspectivas de este lugar tan hermoso. Y abajo, por sus calles, pasear en el silencio suave de cualquier día de la semana, viendo esa perspectiva amplísima de semiplaza que a borbotones desciende has­ta la carretera o entrar al casco antiguo por cualquiera de sus viejos arcos y detenerse un buen rato en la contemplación de las casas, los aleros, hasta quedar sorprendido por la senci­lla y perfecta estructura de la plaza de España.

Pero también aquí está el mito de Costa, con su figura y su lema de Escuela y despensa. Y los amigos, gentes cordiales que hace mu­chos años te llevaron ya a esa carnicería restaurante, donde te puedes dar una buena «fartada» de asados a la brasa, sobresaliendo, por encima de todos, las longanizas. Y también aquí, hace ya años, escuchamos por primera vez las «Albadas» y hablar de la gaita aragonesa, que era el símbolo de las fiestas mayores hasta el punto que el pueblo entero acudía a recibir a los gaiteros que bajaban de los altos valles del Esera y del Cinca. Y luego ver, en septiem­bre, los dances, como el de las cintas, el del carnastico, el de cuadernas y el de culebretas. Todo te lleva a reencontrarte con una cultura que, sin estar cerrada a los vientos civilizado­res, ha sabido guardar con enorme hondura la tradición. Y ahí están los Gigantes y Cabezu­dos, en la mítica figura del «Furtaperas», con­denado por los reyes de la «Mogiganga» a permanecer atado a una columna del Ayunta­miento, pagando así su culpa de haber robado diez peras y haber sido desobediente. Y la «Mogiganga», espectáculo insólito, carnaval gro­tesco y acusador ironizante de burlescos jui­cios.

No es raro, por todo esto, que Graus, que conserva un idioma característico de su zona y que se siente orgullosa de su compromiso cultural con la Historia, haya lanzado de nuevo la aventura del ya señalado «El Ribagorzano», que si resulta un tanto reiterativa mi insisten­cia, la razón está en que creo que si de algún modo estas tierras no acaban muriendo de abandono, como otras muy próximas, será gracias a actos colectivos tan importantes co­mo éste. Recorrer ahora la Ribagorza es pasar por un pequeño país lleno de vida y esperan­za. Y eso es mucho en tiempos de deterioro y de crisis.