Aragón en la mochila – Por las tierras del Utrillas2018-10-04T13:19:52+00:00

Por las tierras del Utrillas

Sales de Zaragoza por el barrio al que popularmente le llaman del Bajo Aragón y, poco antes de abandonar la ciudad para en­contrarte con las feraces huertas regadas por el Canal Imperial y el F,bro, encontrarás a tu derecha el edificio central de la vieja Estación de Utrillas, hoy convertido su frontispicio en un pequeño y amable jardín que, en una zona como ésta, tan recargada de edificios por la maldita especulación de los años sesenta, se agradece enormemente. Es un espacio casi cuadrado encabezado por la fachada principal y enmarcado por los términos laterales que, en tiempos, ocupaban las dependencias secunda­rias del organismo. Esperemos que un día estos edificios, en lugar de estar cerrados a cal y canto, se abran para que las gentes de ese barrio, tan atosigado de edificios, tengan un lugar para reunirse y establecer allí sus relacio­nes culturales, tan difícilmente realizables por aquellos lugares. Siguiendo las aguas del Ebro, pronto atraviesas un viejo palacio modernista que, en tiempos, fue sede de un colegio maria- nista, cuando los niños de esta ciudad todavía acudían en masa a los jesuítas.

La carretera continúa atravesando uno de esos destartalados polígonos industriales y, un poco mas alia, de golpe casi, aparece el desvío que te conduce al inicio de esta ruta. Dejando las huertas inicias el camino por unas tierras yesosas tan típicas de los alrededores zarago­zanos. En un momento atraviesas la vía del ferrocarril Zaragoza-Barcelona y ya desde ese punto, el monte de romero y tomillo empieza su reinado que durara casi durante todo el camino. El pequeño puerto va ascendiendo suave hasta que frente a ti surge un paisaje entre fantasmagórico e irreal: todo el bajo monte se ilumina de colores frente al sol del mediodía. Es un reflejo asombrosamente tea­tral que cuando te aproximas piensas en las novelas de ciencia-ficción: Todo el sotomonte de romeros y tomillos esta materialmente ocu­pado, como flores nacidas en medio de una esquizofrenia consumista, por cantidades aterradoras de plásticos. Es un dramático ho­menaje al plástico. La razón es muy sencilla: justo unos kilómetros mas hacia el oeste, justo por detrás de las tapias del cementerio zarago­zano, la ciudad quema sus basuras. El viento tenaz que recorre estos paisajes arrebata miles y miles de bolsas y objetos de plástico que se van quedando desgarradoramente aprisiona­dos contra los matojos de los montes del oriente. Hay un pequeño estremecimiento al recorrer estos montes futuristas —si no hay otra perspectiva— y uno piensa que debería traerse, en viajes organizados, a las familias hispanas a ver espectáculos como este, pues, desgraciadamente, el «homenaje» continuo a la sociedad de detritus es normal a lo largo de cualquier itinerario que recorras por este país. Hasta en los lugares mas humildes, los plásti­cos aparecen abocados en las carreteras como «muestra orgullosa» de que también hasta allí han llegado los tristes aires de la «modernidad».

Torrecilla de Valmadrid queda a tu derecha. Es un pueblín de casas humildes y un tanto abandonadas que ve, abajo, por entre los ban­cales del trigo, las huellas de la antigua vía y los restos de las casas de los guardavías. Hay en este entorno algo fantasmagórico que se repite en el mismo Valmadrid, a pesar de que este pueblo cuenta en sus proximidades con los restos náufragos del gran pinar que, en tiempos, debió recorrer todos estos lugares desde aquí hasta Fuendetodos y desde este lugar goyesco hasta Zaragoza. Ahora, islas co­mo la existentes en Valmadrid en franco dete­rioro por domingueros asombrosamente sucios y por la propia degradación natural a que el clima conduce, te hacen comprender la dife­rencia paisajística existente entre este desierto espectacular y lo que un tiempo pudo ser bosque de pinos.

Desde lo alto del puerto, y antes de inicial’ la bajada, conviene detenerse y ver el panora­ma: Las blancas tierras salitrosas se quedan detenidas en el paisaje, a espaldas de la Puebla de Alborton, como olas gigantescas de mar interceptadas en su caída y bajo ellas, al prin­cipio con humildad y luego violentamente, surgen las arcillas a lo largo de todo un enor­me horizonte que por el este cierran las tierras de Escatrón y del Bajo Aragón turolense —en los días limpios se ve por allí el perfil de la Térmica de Andorra— y por el sur por las estribaciones primeras del Sistema Ibérico.

La bajada te lleva hacia uno de esos pue­blos que nunca sabes muy bien cual es el origen de su presencia allí: la Puebla de Albor- ton. Ya Antonio Ponz, en su libro de «Viaje de España», cuenta datos de su terrible sequedad que casi doscientos años después continúa siendo una tremenda realidad. Hoy, la Diputa­ción de Zaragoza tiene que abastecer con camiones cisternas. El mismo Ponz se pregun­ta cómo no se han preocupado en este pueblo de haber construido cisternas para recoger el agua de lluvia. Quizá la respuesta sea que tampoco llueve, o lo hace tan escasamente que nunca llegaría a llenar ni media cisterna.

El pueblo no tiene nada de interes. Tan solo un busto que, dedicado a la memoria de Artigas, libertador de Uruguay e hijo de unos naturales de este paisaje lunar, te hace medi­tar sobre la condición humana y piensas en aquellas gentes, en su emigración, en su histo­ria, y cuando ves a los viejos de este pueblo arrimados al sol de este secano y los comparas con las húmedas praderas uruguayas te estre­meces un poco. Y también te estremeces, pero esta vez de cabreo, cuando bajas del pueblo y, siguiendo la indicación de Belchite que O. P. ha colocado a la salida, te encuentras, de golpe, en mitad del monte. Vuelves hacia atras y los viejos, que socarronamente te han visto tomar la dirección equivocada, te señalan la nueva diciendo:

—Es que esto lo puso un ingeniero joven recién venido de Madrid.

Entre la Puebla y Belchite hay un santuario —de traza oriental— elevado sobre un mon­tículo dedicado a la Virgen del Pueyo. Dice de ella Ponz: «Es un cuadro con cinco cúpulas, una en cada ángulo y la mayor en medio, pensamiento de gusto y agradable.» Lo que no cuenta es que bajo sus cimientos debió existir un importante establecimiento romano, pues son enormes los restos de cerámica y mone­das halladas allí, y que posiblemente fuera cristianizado el lugar. Sea lo que fuere, el sitio es bello y tiene el encanto del paisaje sobrio que lo rodea y en su interior un barroco ingenuo y apabullante enmarca la belleza son­riente de este centro mariano. En uno de sus laterales existe una habitación —mitad «museo pictórico», mitad sacristía— en cuyas paredes cuelgan exvotos de cera —manos, pies, pier­nas— y cintas con velas y coletas de pelo ofrecidas en agradecimiento. No es una visión demasiado estremecedora, porque parece que tampoco son muchos los exvotos ofrecidos. Pero quizá eso hace pensar en alguna antigua tradición de este lugar, que no es nada frecuen­te en otros lugares religiosos de Aragón.

El santuario se encuentra cercado por un gran edificio que en tiempos se dedicaba a hospedería y lugar de recogimiento de las gentes de los alrededores. Hoy, escasamente el lugar vuelve a recuperar vida para las fiestas mayores de Belchite o cuando algún feligrés decide casarse bajo la advocación de esta Virgen.

Belchite

Por razones bélicas, Belchite es uno de esos pueblos cuyo nombre es reconocido en casi toda España. Llegar hasta esta villa viniendo desde la Puebla te obliga a andar paralelamen­te a los restos del ferrocarril y entremezclarte por los olivares que, plateados por el viento, componen una hermosa luz al paisaje. Pasas un puente sobre los restos del «Utrillas» y desembocas en las impersonales casas del «Pueblo Nuevo» dejando a tu derecha la vieja e «importante» estación del tren. Al fondo de la carretera ves una de las antiguas puertas que daban acceso al pueblo tradicional, hoy ya un cumulo de escombros y de ruinas. Y si en lugar de entrar por esta parte lo haces desde la carretera de Zaragoza, el espectáculo es todavía más fantasmagórico y recuerda a cual­quier decorado cinematográfico, en el que, de modo violento, se quisiera representar la dure­za de una gran batalla: Todo son montones de escombros y, aupándose sobre ellos, como trozos de quesos de «gruyere», tres torres de las antiguas iglesias.

El pueblo nuevo no tiene nada que ver. En todo caso se puede comer en alguno de sus pequeños restaurantes, cuya comida, de sabor casero, resulta excelente. Y el viejo resulta ya peligroso pasar por él, pues, de vez en vez, muros enormes se desploman sobre la calle mayor. La realidad es que el pueblo esta asi no por la guerra —de ella salió tan dañado como Guernica o Teruel—, sino por la estupidez de hacer un pueblo nuevo —con mano de obra de detenidos políticos y soldados republica­nos—, olvidándose de elementos tan importan­tes para las gentes del campo, como una cuadra o un corral. Los belchitanos, que iban ocupando sus nuevas casas con una enorme desgana, tuvieron que arrebatar a sus viejas viviendas los cañizos y los maderos, dejando las adobas sin más defensa contra la intempe­rie que su propia arcilla. El tiempo, poco a poco, fue convirtiendo lo que era un hermoso pueblo gotico mudéjar aragonés en un fantas­ma, aprovechado actualmente por el mayor reaccionarismo fascista intentando hacer del bodrio franco-desarrollista, un canto al heroís­mo. Lo único que queda de toda aquella dra­mática historia es el famoso Trujal, en el que durante el asedio se iban enterrando a los muertos. El resto, es el tiempo que destroza todo, por mucho que ese guía amateur que surge de entre las minas a la caza del turista bobalicón quiera mostramos.

Ponz nos cuenta de la existencia de una parroquia de estilo gotico, de un convento de agustinos, de un beaterío para educar niños y de una graciosa iglesia ejecutada por Nicolás Bielsa. También, y de modo moralizante, se queja de la existencia de mucho mendigo y de buen número de ociosos. Actualmente el pue­blo ha perdido su viejo esplendor y anda, tras las sequías de los últimos años, bastante apu­rado.

Saliendo por la puerta del pozo, desciendes hacia el río Aguas Vivas y, pasándolo por un viejo puente, a tu derecha te encuentras el viejo seminario también derrumbado por la guerra, y mientras sales del cauce de la huerta, ascendiendo de nuevo hacia otro paramo más duro y seco, a la derecha dejas el abandonado caserío bautizado en los cuarenta como «la Rusia», por cobijar a todas las personas que, tras la derrota del ejército republicano, regre­saban de su éxodo catalan y, mientras se restauraban sus viejas casas, encontraban co­bijo tras de estas humildes paredes.

Aupado otra vez a la meseta, asciendes suave, igual que la huella del «Utrillas», camino de Lécera, cuyas casas atraviesas, si no te detienes para adquirir vino de esta tierra que es fuerte y bronco, duro y gallardo, como el mismo paisaje que lo cria. Pasado el pueblo, otra vez hacia arriba; a entremezclarte con los restos del ferrocarril que van de un lado a otro aupándose este pequeño puerto para adentrar­se, por entre las ventas, hacia Muniesa.

Este aparece abajo, a lo lejos, presidido por una de las torres mudejares más hermosas de este viejo país, y eso que aquí hay muchas y muy bellas. Pero esta estremece desde lejos por la altivez y, al mismo tiempo, la solidez. Es un denso octógono aupado contra el cielo, en una maravilla arquitectónica de la que solo eran capaces aquellos albañiles moriscos y que hicieron en este pueblo obras de una hermo­sura ejemplar. Porque el mudejar no es un arte espectacular, sino el arte de sacar belleza a la humildad. Y humilde son sus elementos arqui­tectónicos, y humilde su decoración, pero que al final dan un juego extraordinario. Muniesa tiene una calle mayor hermosa y sugerente. Un par de bellos edificios típicamente aragoneses con herniosos aleros te anuncian tiempos me­jores, aunque en la actualidad este pueblo sea uno de los que buenamente se defienden contra todas las crisis que aquí les caen de golpe.

Las calles adyacentes tienen nombres nu­merales, desde la primera a la ultima, excepto una que esta dedicada a Miguel de Molinos, uno de los mas grandes —según Huxley— místicos españoles que tuvo la desgracia de ser un heterodoxo en una nación donde solo se encumbra a los ortodoxos y cuanto mas mediocres, mejor. Molinos, fundador del quie­tismo, destrozaba con su actitud toda la socie­dad explotadora y conducía al mundo occiden­tal hacia la contemplación. Esto era demasiado peligroso en un mundo en el que la competi­ción era, y es, su guia y su norte. Durante años nadie ha sabido quien era. Un gran hombre de la historia tan grande casi como San Juan de la Cruz permanece oculto por los oscurantis­mos «espirituales» que en este país tanto domi­nan.

Sales de Muniesa por una puerta que te recuerda a la de Belchite, mitad altar mitad fortín, y desembocas en un trozo de huerta cultivado cuidadosamente. Luego, amorrándo­te ya a las primeras vertientes del Sistema Ibérico, asciendes hacia las Ventas de Muniesa y, un poco mas alia, llegas hasta las Cortes de Aragón. Tomando un desvío a la izquierda te conduce, por Josa, y a través de una carretera estrecha y llena de curvas y dificultosa viali­dad, hasta Alcaine.

Alcaine

Toman el sol en ese mediodía dulce del miércoles de Pasión y, sin detener la chachara, te contemplan ir de un lado al otro de la parte del pueblo que se amorra al no Martin, cuyas aguas corren limpias y tranquilas por el fondo de un barranco, a cuyas orillas se arriman otras barranqueras, formando, entre todas, un intrincado espectáculo. Y en lo alto de algunos de estos murallones de piedra se alzan —aho­ra de pacíficos palomares— viejas tomes de vigilancia, que defenderían este entorno de los acosos difíciles de cristianos y luego de auto­ridades ajenas a la propia comunicad. Aquí, ya desde los romanos, hubo una población que posiblemente aprovecharía la cuenca minera que existió camino de Oliete.

Cuando ya llevas rato mirando el panorama espectacular que te rodea buscas cualquier excusa para entablar un diálogo con aquellas gentes que todavía siguen en su conversación como si tu no estuvieses, pero mirándote con el rabillo del ojo e interesadas, igual que tú, por entablar un diálogo. Ellos, para conocerte. Tu, para conocer la tierna. Y cuando de golpe preguntas por una persona que tu conoces de allí, todos te explican dónde esta su casa y te aseguran que gran parte de ellos son familia suya:

—¡Coñe!, su hermana y mi marido, primos hermanos.

Hasta que uno de ellos, más dicharachero, hilvana la hebra contigo y deja a los demás en el silencio del sol hacia el sur bellísimo del cielo.

—Vengan —nos dice, y llevándonos hasta una casa nos la muestra—: esta es la suya. Grande, muy grande. —Y luego añade—: La riqueza de este pueblo estuvo siempre en los bandidos. Aquí se encerraban y se escondían. Ya ven que con caballos no había manera de seguir por ningún lado. Era un sitio seguro.

Lo miro sin creerme mucho lo que me cuenta; pero resulta un buen narrador y hoy, encontrarte alguien que sea capaz de romper con la cultura de la imagen, a través de la palabra, es algo digno de ser escuchado:

—Aquí hubo una gran época durante los moros. Todo debió ser riqueza. Porque por estos andurriales anduvieron. Fíjese si andu­vieron que luego de la guerra nuestra, cuando me tuve que pasar un año en la Legión forzoso, la primera vez que salí en Melilla, me ligué a unos de Zaragoza y nos fuimos a una fiesta mora. Se ponen los moros enfrente de las moras y de golpe van y tocan una melodía y yo dije: ¡Me cagüen el co…, si esto es Reiano de Obon!

Ya cantando el tema nos describe los pasos mientras unos vecinos, recién descendidos de un coche con matrícula de Barcelona, le gritan: —¿Ya estas bailando el Reiano de Obon? (Obon es un pueblo próximo a Alcaine, y que, según Ponz, en el dieciocho tenia 260 habitan­tes, ningún mendigo y muy buena huerta a orillas del Martin.)

Se detiene fatigado, y sonriendo en un tono aragonés tremendo, los saluda:

—¿Ya habéis llegao?

—Es que nosotros no estamos jubilados, como tú.

Se vuelve hacia mí y me explica:

—Aquí nos fuimos cuando se cerraron las minas. Hace unos veinte años daban trabajo a unas trescientas personas y entre eso y la huerta y el monte —aquí había muy buen olivar y muy buena viña— sobrevivíamos. Pero cerraron y todo se fue hundiendo. Primero se marcharon las mozas, las chicas jovenes. A servir. Luego los mozos y, por ultimo, los viejos. Veinte años viviendo y trabajando en Tarrasa.

—No tienen acento catalán.

—¿Para que?

Su respuesta me deja sorprendido. Es realmente de una sabiduría asombrosa, pues en los oficios que él anduvo trabajando, nadie le reclamaba que asumiese la lengua catalana. Los peones son los únicos intemacionalistas del mundo. Seguimos ascendiendo por las callejas empinadas de Alcaine, y cada vez que regirás la mirada hacia el fondo del barranco, por el que corren las aguas del Martín, la perspectiva se transforma por la altura y la luz de la tarde desparramándose a raudales por los roque­dales.

Atravesamos un solar derrumbado y el hom­bre me dice:

—Aquí todo se fue cayendo al principio de la emigración, cuando huíamos del hambre j urando no volver nunca y renegando de nues­tras piedras y de nuestras casas. Luego, mu­chos nos dimos cuenta de nuestra equivocación y volvimos a defender nuestros muros. Ahora, en vacaciones, vuelven todos.

Frente a un bello paredón le señalo la manera tan ingeniosa de construir con la arci­lla y la piedra. El me explica el método y me va mostrando las casas en las que trabajo y, junto con otros vecinos, echan años a las distintas fincas.

—¿Saben lo que es esto? —nos muestra dos agujeros situados sobre las puertas de las casas.

—Una bajada de aguas —respondo, por decir algo.

—No señor, son dos bocanas por las que los vecinos sacaban las bocas de los trabucos y disparaban cuando alguien quería entrar a robar.

—¿Pero aquí les robaban?

—También. Cuando los ladrones andaban de cinturón apretado sin poder salir a campo abierto, se bajaban hasta aquí y se llevaban todo lo que podían. Desde el interior, los vecinos se defendían.

—¿Hubo algún ladrón famoso?

—Gabundi —me dice—. Fue el dueño de la redolada. Hacia lo que quería. Yo tengo escrito un libro sobre la historia de mi pueblo.

—Véndame un ejemplar.

—Están agotados. Los publique en Tarrasa y se me agotaron todos. También hablaba en ese libro de mi vida en la guerra civil.

Y nos cuenta una historia, que no nos cuadra, en la que mezcla su permanencia en el bando franquista con sus años de cárcel, después de la guerra, y su castigo a permane­cer un año en la Legión. A pesar de que le apretamos un poco los tornillos para desentra­ñar la verdadera historia, el hombre se escurre como una anguila. Lo dejamos y mientras nos abre la puerta de su casa, nos habla de otra de sus aficiones: la recogida de fósiles por los distintos andurriales, que él conoce perfecta­mente. Los tiene abundantes y seleccionados.

—Los vendo en Cataluña. Allí se venden muy bien.

Mientras nos ofrece un vaso de rico tinto —«es de Lécera»—, nos va enseñando sus buenas piezas, que el no lleva a la venta y nos describe su teoría geológica de los valles que fueron cubiertos por aguas cerradas, como lagos. «Igual pasa con el carbón. Las vetas están en circuios. Igual que los valles.»

Despaciosamente salimos hacia la plaza del pueblo, en donde hemos aparcado el co­che, y en cuya puerta de la iglesia una tertulia de abuelas anda «repasando mudas».

—¿Saben lo que dice éste? —me señala a mi el socaiTon de mi guia—, que nos van a quitar las pensiones.

Las abuelas, que ya lo conocen, se ríen. Una proclama por el aire:

—Ya nos podían matar a todas.

Las restantes ríen a carcajadas.

Dándoles las gracias a nuestro hombre,

montamos en el auto y salimos del pueblo.

—Antes nadie se marchaba de aquí —me dice apoyado en la ventanilla—; se nacía y se moría aquí. El auto ha matado todo, absoluta­mente todo.

Con un gesto cansino de la mano nos dice adiós, mientras por una pina cuesta salimos hacia la carretera. Unos kilómetros más allá, el cierzo vuelve a aparecer con toda su violencia y lo que era un clima suave en el centro de Alcaine, por Josa, se hace ventarrón perdido y frío endiablado.

De nuevo en Cortes, tomas la general y, al poco, te precipitas por un puerto difícil y cubierto de carrascas y de encinas. Antes de bajar hacia los Baños de Segura, veo a lo lejos grandes humaredas que me extrañan porque los sobraderos de Utrillas están lejos todavía. Cuando me aproximo a los Baños compruebo que es la vieja costumbre campesina de que­mar rastrojos, pero que por estas parameras tremendas queman todo lo que se les viene en gana. Yo no entiendo de campo, pero observo, a lo largo de los viajes, que el fuego ha sido el elemento fundamental que ha degradado el país para sacar tierras de pasto y de labor. Ahora todavía se sigue utilizando el fuego como regenerador del terreno cuando me da la impresión que, frente al nitrógeno que pro­duzca la combustión, son muchas las cosas que se carga y lleva por delante. Seria bueno que alguien aclarase si el fuego es benéfico o no; pero también convendría que solo se que­masen las partidas necesarias y no todo lo que hay alrededor aunque sean tierras yermas.

Los Baños de Segura

Cerrado por el sur por un roquedal enor­me, escasamente abierto por las mansas aguas del río Aguas Vivas, se encuentra el semicírculo que encierra, en su hondo, las instalaciones humildes de Jos baños termales de Segura. Ponz dice de ello: «A media legua del pueblo se encuentra un manantial de aguas calientes y famosos baños, a los cuales suelen concurrir por el agosto hasta 600 personas en busca de su salud; pero experimentan grandes incomo­didades por falta de alojamiento competente, de médico, de cirujano y sirvientes. Aun es mayor la falta de un escrito que demuestre las virtudes verdaderas de estos baños». Yo desco­nozco si tal escrito existe, pero pienso que tantos años funcionado, algo de cierto deben tener esas aguas tan famosas en todo el con­torno. En la actualidad, regentan los baños dos familias conocidas en Zaragoza: la de los Armi­sen, famosa en el «mundo entero» por ser los padres de las gaseosas de papelillo, y los Abós, conocidos médicos y profesores de la Univer­sidad cesaraugustana. Supongo que ambos se habrán preocupado de que las cosas de las que se quejaba Ponz estén ya resueltas.

Si acudes en invierno —es decir, fuera de temporada— te encontrarás todo cerrado a cal y canto. Por el contrario, los meses de verano son un hervidero de gente. El lugar no es sosegado porque no lo es el paisaje, pero el descanso está asegurado entre las paredes del hotel en donde la comida es excelente —nun­ca he estado enfermo, pero sí de cliente— y el servicio, amable y suficiente. Si además tiene la suerte de llegar en la época en que por allí andan los Armisen-Abós o los Abos no sé qué, jóvenes, que son gente excelente e inteligente, puedes hallar un cobijo que te costara mucho dejarlo al tiempo que ves a las gentes idolatras del agua, que también son un espectáculo que en pocas partes se ve.

Dando la vuelta completa al circo de roca sales, por un farallón, hacia el aire de nuevo. Y un poco mas adelante te encuentras con el pueblo de Segura de Baños, ahora muy degra­dado, mientras que Ponz cantaba sus excelen­cias y avisaba ya a las autoridades del peligro inminente que sufría el riquísimo bosque de este pueblo. Hoy no queda ya nada de él y muchos todavía se extrañan de la enorme sequía que cada vez asóla más violentamente estos lugares. Dice Ponz: «Se entra, antes de llegar —al pueblo— en su famoso Pinar, que aseguran tiene siete leguas de extensión, pero con sesenta pueblos que lo combaten por todos los lados mediante la indiscreción de carboneros, leñadores, rozadores y otros que usan de sus maderas arbitrariamente. Nadie le hizo caso y la desolación del desierto es casi realidad. Otro aviso mas —y éste de un hom­bre del dieciocho— sobre el equilibrio ecológi­co y sus consecuencias.

Nueve kilómetros mas adelante y después de seguir una vega bastante fresca, adosada la carretera al trazado del ferrocarril, se desem­boca en la general que une «hipotética y utó­picamente» Madrid con Tarragona a través de un pueblico con nombre Vivel del Río, de recuerdo mítico en el trayecto del ferrocarril, pues, una vez aquí, el viaje se transformaba ya en un recorrido suntuoso después de haber apurado los últimos y dificultosos trazos de la vía. Un amplio valle, recorrido por el rio Martín, se abre ante ti. Y una buena carretera te acompañará hasta Utrillas. Es, como siempre, el interés de la plusvalía.

Poco más allá de Vivel está Martín del Rio, una villa adosada la mayor parte de su caserío al lado izquerdo de la carretera en dirección a Montalban. De ella, lo mas singular es la enor­me iglesia que casi se adueña del resto del pueblo. Es un gran edificio en el interior del cual, y ya hace unos años, anduvimos cantan­do Carbonell y yo, gracias al apoyo de un hijo del pueblo y que ahora anda de profesor por tierras de Monzón. Luengo, que así se llama el viejo compañero de avatares turolenses, es un tanto atípico de estos lugares. Hoy convertido en un viajero internacional seguro que siente por estas tierras y estas casas —transición entre la tierra baja y las próximas casonas de la Iría sierra— una nostalgia entre el amor y el tedio. Cantamos dentro de la iglesia porque ésta andaba en renovación y fue justo el día en que moría, en Madrid, el teniente de la Guar­dia Ci\ál, señor Pose. Andaba por estos aires el extraño verano del setenta y cinco.

Pasado Martin, la vega se va haciendo cada vez más rica y fértil. Da lo mismo que la recorras en verano o en invierno, pues la laboriosidad de las gentes de estos contornos es interminable. En algunos lugares del cami­no aparecen bocas de minas abandonadas. Son pequeños núcleos carboníferos aprovecha­dos en tiempos, pero carentes de interes en momentos de gran industrialización del traba­jo minero. Estas tiernas han sufrido el abando­no a que fue sometido el carbón cuando la gran exaltación del petróleo, haciendo que los que tradicionalmente trabajaban este oficio, lo abandonasen emigrando lejos. Ahora, cuando la crisis del petróleo ha reconvenido la utiliza­ción, otra vez, del carbón como fuente energé­tica, se ha ido a buscar una mano de obra barata en países como Pakistán. Y no es raro encontrarte por las calles de Utrillas, Escucha o Montalbán, escenas más típicas de aquellos países orientales, que de las viejas y torturadas tierras del Bajo Aragón turolense.

En un momento determinado surge una desviación hacia el sur en la que señalan Utrillas, Escucha y por los puertos de San Just y Esquinazo, Teruel. El piso es exclente y la llegada a Utrillas, rápida. En una curva apare­cen los lavaderos de carbón, siempre humean­tes, que te empalagan la garganta. En la entra­da de esta zona hay pintadas reclamando el voto para el pecé o el pesoe y pienso, mientras vuelvo por aquí, aquel año del setenta y cuatro en que, en compañía del periodista Luis Gra- nell, atravesaba estas mismas tierras camino de Jorcas, arriba en la sierra, para cantar por primera vez allí. Y no se por que piensas que las cosas han cambiado tanto, en tan pocos años, que la historia, el ritmo de la historia nos ha cogido a todos a contrapaso y nos va zarandeando graciosamente.

No sé por que siempre que llego a Utrillas hace frío o refresca el tiempo, sea invierno o verano, y en mi piel siento un escalofrío. Quiza todo se deba al panorama despavorido que la visión de estas casas ahora me produce. Me da sensación que es algo levantado provisionalmente y que todo allí esta puesto mientras aguante el carbón y que el día que éste se agote, las ruinas volverán a hacerse* dueñas del paisaje, como en otros lugares.

Frente a la casa cuartel de la Guardia Civil se alza una locomotora del viejo ferrocarril de Utrillas. Es diminuta y resulta asombroso pen­sar que tendría suficiente fuerza para arrastrar los vagones de viajeros que, a la madrugada, cargados de hatos y de frío, se subían a sus departamentos para realizar un corto recorri­do que costaba horas y horas. Y de golpe me veo, niño, arrimado al cristal de la ventanilla viendo la madrugada por las tierras de Levante y contemplando, con asombro, los conejos, que, despavoridos, huían ante el silbido atro­nador de la maquina. Y el vagón, con una estufa en el centro, repleto de cazadores vocin­gleros achuchando a sus perros, mientras el jefe de estación de Valmadrid se apañaba con­tra el frío a través de una enorme bufanda. Y la estación de Azuara, tan lejana al pueblo, y a la que, según la versión popular, bajaban, en los cuarenta, las mujeres fascistas a esperar a los despavoridos y acobardados seres que regresa­ban de cárceles y campos de concentración y molerlos a palos como símbolo fraternal de la Paz de Franco. Porque esa guerra esta todavía latente en las miradas, en los recuerdos y en la memoria colectiva de estos pueblos. En Belchite mismo, cerca de la estación vacia y desharrapada por vientos y solanas, quedan los barracones que, en tiempos, ocuparon los presos, muchos de ellos de las Brigadas Inter­nacionales. «Estuvo Tito», te susurra la voz popular y republicana, aunque el líder yugos­lavo lo negase siempre. Y con la vista en esa maquinita escasa, piensas en el puente que atravesaba el río Aguas Vivas a la salida de Belchite y te das cuenta de lo inútil que resultó, frente a las grandes magnitudes eco­nómicas, el esfuerzo sobrehumano de levantar este trenecito para hacer independiente, enér­gicamente, nuestra tierra del resto del país. Eran tiempos de sueños hermosos, que el día que el viento removió la hojarasca todo se quedo en sueños. Nada más.

Una buena manera de terminar este viaje, es aprovecharlo y regresando a la carretera Madrid-Tarragona Ilegal” hasta Alzañiz, esa ciu­dad magnífica que, a orillas del Guadalope, rememora en sus piedras síntomas italianos por la hermosa porticada de su plaza, o aires judaicos moriscos por entre sus callejas que, suavemente, descienden, o suben del Guadalo­pe a la plaza. Son calles que merecen la pena ser paseadas al anochecer, porque en esta tierra de escasos encantos románticos el cami­nar por este barrio te vuelve a la novelística del diecinueve, aparte de que observar el singular urbanismo de esta zona es ya una verdadera maravilla. En Alcañiz se come muy bien —Me- seguer es un excelente ejemplo— y si las «perneas» te dan para ello pegarte una dormi­da a lo «templario», en el castillo del doce, desde el que de mañana se contempla la rica y hermosa vega del Guadalope, es un farde que merece la pena. Si las «perras» no te dan para tanto hay muy buenos hoteles en el pueblo y fuera de él. Alcañiz guarda una tradición pastelera excelente que la puedes comprobar en la pastelería que hay en la plaza y en cualquier restaurante que, de postre, te sirvan las ricas pastas de alma con sabor a anises y con cabellos de ángel nada empalagosas. Un espec­táculo hermoso fue el que en esta ciudad vivió el día en que se nombró hijo adoptivo al gran escultor tierrabajino, Pablo Serrano. Como ho­menaje a este hombre, que ha hecho del pan en bronce una obra de arte, todas las tahonas de los alrededores, rehabilitaron viejas costum­bres panificadoras y expusieron, en el Ayunta­miento, las formas y especies de panes que, tradicionalmente, se hacían en la comarca. Fue un bello espectáculo.

Antes de irte de estas tierras, vuelve a la plaza y contempla hasta que se te llenen los ojos, la maravillosa factura del Ayuntamiento renacentista y de la porticada Lonja. Son espa­cios tan bellos que uno no se cansa nunca de retenerlos en sus ojos y en su memoria. Ponz dice, entre otras cosas, lo siguiente de esta ciudad: «Es notable en Alcañiz una fuente de setenta y dos caños en la orilla del río e inmediata al puente, desde la cual se forma una alameda… Una de las cosas más importan­tes es el famoso pantano (hoy llamado la Estanca) distante de la ciudad una hora y el cual tiene otra de circunferencia caminando a Izar construido para el riego de gran parte de la huerta… son de mucho regalo las anguilas y barbos y otros peces que se crían en el panta­no… El Castillo fue obra del rey don Jayme y fortaleza de primer orden. En este estaba el noviciado de Calatrava y se hicieron elección de Maestres… a un lado se ve el sepulcro de don Juan de Lanuza, gran Maestre de dicha Orden y virrey de Aragón, que murió en 1537.» Es extraño que un hombre tan observador como este Ponz no describa, de ninguna ma­nera, lo más sobresaliente actualmente de Alcañiz: El Ayuntamiento y la Lonja. ¿Por que? No se la respuesta.