Aragón en la mochila – Las serranías turolenses de Alcañiz a Rubielos2019-01-25T02:26:27+00:00

Las serranías turolenses: de Alcañiz a Rubielos

Decir serranías en Teruel, de entrada es no decir nada, porque esta tierra es, a excepción de alguna pequeña zona, todo sierras. Y decir de Alcañiz a Rubielos tampoco es especificar de una manera rotunda un itinerario fijo, pues son diversos los que se pueden tomar. Voy a indicarte el que mas conozco, el que resulta más cómodo en medio de la incomodidad que se manifiesta de las duras condiciones en que las carreteras nacen aquí.

Puestos en Alcañiz, la duda es enorme: o te vas para las sierras que en algunas zonas llaman el Maestrazgo, o te giras hacia el este y te decides a recorrer las tierras de Beceite, Calaceite y Valderrobles. Si al final te decides por estas últimas, nunca te pesará, son hermosísimas y sus caseríos y paisajes resultan también extraordinarios, pero deberás hacerte con otro libro, porque yo, después de dudarlo mucho, he decidido tomar el camino que desde Gargallo te lleva hasta el puerto de Cuaro Pelado y por allí bajar a Alcalá de la Selva y terminar en Rubielos. Tampoco lo vamos a hacer exhaustivamente, porque se nos quedaran caminos y lugares sin recorrer, pero si indicados para que tu, si te apetece, los hagas y descubras por tí mismo.

Al salir de Alcañiz, a pocos kilómetros, tomarás el desvío que te conduce hacia Teruel. Poco después empezaras a ver, como símbolo telúrico de la zona, la enorme chimenea de la Central Térmica de Andorrade, cuyo pueblo, dice Ponz que cuando el pasó tema trescientos vecinos y que los repobladores vinieron de la otra Andorra», «y que traxeron consigo la devoción a San Macario…» Y así como en el valle del Aragón es la Collarada la que vigila los sueños de los vecinos, y en el Sobrarbe la Peña Montañesa, en la Ribagorza el Turbón y en el valle del Ebro el Moncayo, aquí es esa inquietante chimenea siempre humeante.

Si uno ha leído a Buñuel en su «Ultimo suspiro», puede llegar a tener una visión un tanto viscontiana de Calanda, cuando la realidad paisajística y urbanística se aproxima totalmente a la de los pueblos del Bajo Aragón. Calanda siempre ha sido famosa por el milagro de José Pellicer y porque su situación geográfica le ha dado una potencia económica resal- table entre la de todos los pueblos que la circundan, a excepción de Alcañiz. Lo señala Ponz como un lugar con ochocientos vecinos, muy buenas tierras de labor, con regadíos y esplendidos edificios religiosos y civiles, causándole sensación el Ayuntamiento. Hoy, este pueblo es famoso por el nacimiento de don Luis y por el espectáculo de sus riquísimos melocotones, todos embolsados en el árbol para evitar picotazos y otros avalares naturales. Uno, que no es muy adicto a este paisaje reconoce que esta fruta es excelente y que la plaza de la Villa tiene un encanto difícil de olvidar, sobre todo si se esta en ella justo el instante en que los tambores de Semana Santa golpean duramente contra los oídos, los tímpanos, los vientres y las nalgas de los especia dores. Es de una emoción indescriptible y aunque nadie se ha puesto de acuerdo sobre el origen de este rito, sea cual sea, es asombroso.

Atraviesas luego Alcorisa, lugar famoso porque por allí estuvo un seminario menor en la época en que todos los niños de la provincia que carecían de medios económicos tenían como único medio de liberarse del duro tajo serrano el hacerse curas. Y por allí han pasado escritores famosos, curas guerrilleros, anarquistas, catedráticos de Arte, comentaristas de discos y curas, naturalmente. En las memorias tertuliescas de estos antiguos seminaristas hay una mezcla de mito y realidad que hace estremecer las carnes de los oyentes. Sería interesante que alguno de ellos escribiese sus memorias apócrifas, para que un pedazo de la realidad hispana de los cuarenta saliese a la luz, asombrando a mucho ciudadano.

La carretera pasa a pocos kilómetros de un pueblico diminuto pero famoso, porque en sus casas nació ese gran escultor y gran tipo humano que es Pablo Serrano. Y luego, un poco mas adelante, dejas la general y ascendiendo bruscamente hacia unos enormes paramos cubiertos por bosques degradados, llegas a Ejulve. Parece que esta palabra viene de exilio y, posiblemente, este robusto pueblo fuese fundado por gentes de este origen. Hoy, lo que mas llama la atención, a su paso, es la iglesia y, sobre todo, un enorme caserón izado en lo más pino del pueblo que anuncia, a los cuatro vientos, su oficio: «Secadero de Jamón». Y no es raro, porque a mil metros de altitud que esta el pueblo y azotado por el cierzo con fuerza, tiene que tener muy buenas razones para hacer sabrosa la carne del cerdo.

Pasado el pueblo, desciendes, y justo al final de la cuesta vuelves a tener dos opciones para ir hacia el Maestrazgo: la ruta de Aliaga y Jorcas, o la que vamos a seguir por Villarluengo.

La primera la he hecho varias veces en veranos, cuando bajando de cantar de Jorcas —ese pueblo al que uno tiene especial cariño— cruzábamos por aquí hacia las tierras del Bajo Aragón. Y el descenso —como el cruce por Aliaga, donde la fantasmagoría del abandono es brutal— resultaba siempre de una soledad tremenda. La sensación de tristeza que produce el ver todas las instalaciones de la vieja central térmica abandonadas y cruzar sus casas desiertas, sus calles vacías, producen siempre preguntas a las que difícilmente encuentras respuestas. El desarrollismo no ha tenido ningún inconveniente en destrozar el equilibrio ecológico de la zona, desertizar el campo y especular con el carbón hasta que el agotamiento de la central resulto no productiva y, con la mayor tranquilidad del mundo, dejar todo al abandono. Aliaga, como otros pueblos —Escatron igual—, son nombres presentes a la hora de pasar cuentas con la historia. Por la ruta de la izquierda inmediata-

mente comienzas a ascender por intrinsecas quebradas hasta un punto en que, cubierta la zona de bosques, vuelves a bajar para encontrarte con las aguas del Guadalope. Cuando llevas un trecho por este valle duro y enrisca do, tomas una carreterita a la derecha que le lleva al fondo de un valle cerrado por un hermoso paredón semicircular que los cobija de los vientos helados. Montoro, arrimado al sol de levante y al del mediodía, sube sus casas arcillosas contra la piedra calcarea de su murallon posterior. El contraste es bello y, aunque el pueblo tiene poco de arte en sus paredes, merece la pena andar un trecho por sus calles, llegarse a la puerta de la iglesia y leer los avisos para caminantes mortales, que un cura de sotana y versificador malísimo debió mandar grabar en cerámica.

De salida, y otra vez en la general, por llamarla de alguna manera, pronto das de morros con un espectáculo geológico muy interesante: los Organos de Montoro. Es todo un trabajo magnífico hecho por la erosión del agua sobre la roca, mostrando al cielo un sin número de formaciones petrificadas, como tubos de órganos majestuosos. Y conforme la carretera se va alejando, la perspectiva cambia y la belleza se transforma dando diversas versiones de un mismo suceso. Luego, la carretera se estrecha y desembocas en un hostal excelente, surgido al borde del camino desde una piscifactoría arrimada a las aguas tumultuosas del río Pitarque. La mejor manera de ver el espectáculo es girando todo el valle y tai la subida hacia Villarluengo contemplarla. El juego del agua a través de las distintas balsas es muy bello, y si tienes la suerte de que es uno de esos momentos en que el sol entra de lleno en las estancas y refleja sobre los lomos plateados, la vista todavía resulta mas completa.

Si tus «caudales» son normales y te coge por allí la hora de comer, el hostal de las Truchas es un buen lugar para hacerlo. Si tus «caudales» son escasos y la hora la misma, las orillas del rio son excelentes. Y si no te esperas un poco, porque en Cantavieja los lugares son diversos y los precios justos para casi todos los bolsillos.

Llegar a Villarluengo es llegar ya, por primera vez, a esos pueblos del Maestrazgo que, en un momento de la historia, tuvieron un gran esplendor económico y que los avatares del tiempo los han conducido a esa sensación de enfermos silenciosos que, en los hospitales geriátricos, hablan, cuando lo hacen, con enorme dignidad, de su pasado. La plaza de Villarluengo recuerda, uno no sabe por qué, a esas bellísimas plazas de los grandes pueblos y ciudades de América Latina. Todo es espacio abierto. Sus casas tienen una fábrica excelente y el urbanismo del lugar es perfecto: se puebla todo aquello que permanece por encima del barranco que lo rodea. Villarluengo basó su riqueza en una gran fábrica de papel. Cuando este negocio dejo de funcionar se puso en marcha toda una gran fábrica de tejido, con cuya turbina el pueblo fue el primero que tuvo luz eléctrica en toda la provincia. Y, ahora, cuando los ves así —igual éste que otros—, te preguntas por que razón, en un momento, esta tierra tuvo hombres capaces de adelantarse a su tiempo e industrializar su entorno, y ahora todo permanece detenido, con una emigración brutal y con una agricultura dificultosa v dura

Si llegas a Villarluengo en día de fiesta o en jornadas en que los turistas aparezcan por allí, llégate al horno y hazte con una buena carga de sus especialidades que las ejecutan muy bien y son muy sabrosas. Desde los distintos panes, hasta los almendrados, todo es bueno; aunque a uno, servidor, lo que realmente le lamina el morro son los últimos. Y luego, cuando lo abandones, parate a la altura de la curva donde se alza un Calvario, un tanto «náif», y reojea por último esta visión del pueblo. Es muy bella, con sus casas colgadas sobre el barranco y la estructura de sus tejados componiendo una muy hermosa perspectiva.

La carretera de Villarluengo a Cantavieja tiene dos zonas perfectamente delimitadas: la primera, que es un duro esfuerzo por abrir sobre la roca una brecha, y la segunda, que transcurre ya por altas lomas, muy a menudo cubiertas por la nieve y recorrida, de vez en vez, por muros de madera para evitar los ventisqueros. El paisaje, que al principio ha sido tortuoso, ahora se hace verde y suave, muriendo al fondo contra los bosques de las montañas próximas. Luego, pasado este tramo del puerto, surgen otra vez las tierras de labor, los bancales perfectamente delimitados con muros de piedra que, en las distintas zonas de esta pequeña comarca, lucirán al sol según el color rosaceo mas o menos intenso que las envuelva.

Cantavieja, Mirambel, La Iglesuela

En lo alto del Maestrazgo aragonés, tres nombres se llevan la palma: Mirambel, Cantavieja y La Iglesuela. Y es difícil, cuando se ha recorrido los tres, saber por cual empezar y por cuál acabar. Personalmente, creo que lo mejor es ir directamente a Cantavieja, detener el viaje en la plaza de la fuente y sosegadamente —el sosiego es algo que aquí se necesita de manera rotunda— recorrer las calles y las casas, los balcones y las ventanas. Lo primero que te sorprende es encontrarte nombres muy catalanes entre sus descoloridos anuncios de industrias textiles y si vuelves la vista a la capital, Teruel, y recuerdas también nombres de industriales de origen catalan, llegas a la conclusión que, por razones económicas, gentes catalanas llegaron a estos lares en busca de un sitio donde establecer sus conocimientos en la industria textil. Esta zona, de buenas lanas y agua suficiente para mover las turbinas, fue colonizada por estas gentes que volvieron a levantar, otra vez, la cabeza de estos gigantes caídos. Porque gigantes fueron quienes hicieron posible esa maravilla de plaza porticada y esa especie de monstruoso galeón desarbolado que es la iglesia, casi catedral, y que, si en un tiempo tuvo una razón de ser, hoy aparece desvencijada y desolada. El único detalle simpático de este espacio eclesiástico es la existencia de un San Lamberto —el zaragozano al que los romanos le cortaron la cabeza y con la cabeza en la mano se enterro con Santa Engracia— de factura barroca.

—¿Usted conoce a ese santo? —me pregúelo la santera al ver que yo exclamaba en voz alta: ¡Anda, San Lamberto!

—Es mi patrón —le respondí.

—¿Se llama usted Lamberto?

—No, se llama así mi mascota.

Y la señorica, sin entender mucho, me sonrió.

Cuentan que el origen de Cantavieja esta en la fundación de Asdrúbal sobre una «Carta- gus Vetus»; pero vaya a saber la realidad, pues las leyendas sobre Asdrúbal y los cartagineses llegan hasta Belchite. La realidad es que esta difícil fortaleza fue arrancada a los moros el año 1170 por el catalano-aragonés, señor Alfonso II y que, sede de los templarios, sufrió un fuerte asedio defendida por los caballeros de la Orden, Anglés y Galliners. Su propia estructura defensiva de bastión roqueño la hizo, junto con la próxima Morella, convertirse en territorio fuerte de los carlistas de Cabrera y, posteriormente, fortín también de los maquis españoles. La venganza sobre Cabrera produjo los mayores destrozos en esta tierra de la que decía Ponz: «Su término es en parte de cinco leguas, repartido en tierras de pasto y labor, muchos pinares y ciento cincuenta masadas, canteras de marmoles blancos y de mezcla, iglesia nueva y muy espaciosa de tres naves, en la que falta fachada; buen caserío, y no malas calles, bastantes fábricas de paños, demasiadas ermitas y cofradías, industrias de ligas y cintas de lana, como en Fortanete; escuelas de Gramática muy concurrida de todas las Baylias.

Se conserva en esta villa la casa de los señores Zuritas, oriundos de Mosqueruela, de- cení isimamente amueblada, y continua la familia en un mayorazgo de muy buen patrimonio. Guardan en ella los anales de su célebre antecesor Gerónimo Zurita.»

De camino a Mirambel conviene detenerse al final de la pina cuesta y mirar el espectáculo impresionante que, esa quilla de piedra despavoridamente lanzada al vacio, es Cantavieja. Actualmente, los silos de una granja, supongo que de cerdos, enclavados paralelamente al morro del murallon, afean estrepitosamente el paisaje. Supongo que las gentes de Cantavieja dirán, y con razón, que a ellos el paisaje no les da de comer. Una pena que uno no sepa ahora si el torreón original es el de piedra o el de chapa.

La primera noticia que tuve sobre el Maestrazgo de una manera real fue tras la lectura de la novela barojiana, «La venta de Mirambel». Tanto me impresiono esa mala novela al pensar que Baroja había sido capaz de estar en aquellos lugares, en épocas en que llegar hasta allí debería resultar casi imposible que, durante mis años de estancia en Teruel, una de las primeras cosas que hice, cuando pude adquirir un 2 CV., fue subirme hasta allí con la novela bajo el brazo. El viejo novelista vasco había estado. Describía todo tal y como era: «Es una aldea oscura, con aire antiguo, casi de la Edad Media.» Y, efectivamente, la Edad Media permanece sujeta a sus restauradísimas piedras, aunque nada tienen de oscuras, sino que, por el contrario, parece una tierra tremendamente luminosa, o al menos ésa es la visión que yo guardo de las veces que he oslado en ella. Ponz dice: «De Olocau se va a Miramhel que tiene su muralla de piedra con alguno , torreones: su población es de 200 vecinos, que viven en la villa y en las masadas o casas de labor; hay algunas familias de caballeros hacen dados; un convento de monjas agustinas, en cuya iglesia no hay objetos artísticos que lia men la atención, ni tampoco en la parroquia fuera de la portada, que es sencilla con ornato de dos columnas. Hay ermitas y cofradías, que i con sus gastos no dexan de atrasar a los vecinos.»

No parece que a Ponz le cayese bien la vista de Mirambel, pues, en la actualidad, es mucho más bello todo que lo que él dice. Se olvida del Ayuntamiento, de los espléndidos palacios de los Aliaga y de los Castellot, cuya vista es una de las cosas más hermosas que se pueden velen el Maestrazgo. Sus dos aleros de roble labrado merecen algo mas que esa especie de desprecio que Ponz sintió por esta villa.

Lo que sí que no queda son las masadas. Mirambel, actualmente, esta recorrida por enormes murallones esqueléticos que, como retos al tiempo, recuerdan las lindes de los antiguos bancales. Es impresionante verlos a la luz de los atardeceres, cuando las sombras radicalizan las huellas. Tampoco hay monjas agustinas y, aunque el pueblo esta cuidado hasta el extremo, uno no puede ver ese edificio conventual, porque el dueño es un señor de Valencia —¡otro!—y tiene las llaves. Solo puedes ver la pequeña capillita y contemplar la hermosa celosía que separaría a las monjas del publico, y meditar, novelísticamente, sobre las entradas de los carlistas al mando de «el Serrador», para quemar la iglesia.

Las gentes de Mirambel se sienten orgullosas de su entorno y ahora, cuando restauran un balcón o una puerta, intentan que el carpintero del lugar imite al calco las tradicionales de la comarca.

De salida otra vez al campo, a través del portal de las monjas, comprobar las celosías de obra levantadas en la torre es un buen ejercicio para guardar, en la retina, la belleza mudejar de este lugar que tuvo historia y que ahora permanece en un adormí! amiento tenso del que tan sólo sale cuando llega el buen tiempo y el turismo.

A mil doscientos metros de altitud se halla otro de esos lugares insólitos de esta geografía torturada y torturante: La Iglesuela, llamada del Cid, porque es posible que por estas tierras pasase el señor castellano —¿o aragonés?, según Ubieto— camino de Valencia, dejando su sobrenombre a muchos lugares, pues como dice Ponz: «Una distante a media legua de la villa se intitula Nuestra Señora del Cid. Pudo aquel famoso capitán hacer por aquí alguna mansión al ir, o volver del reino de Valencia.» Y sea como sea, la realidad es que sobre esa altitud se halla esta nueva maravilla.

La ciudad, como todas, estuvo rodeada de murallas que hoy solo quedan como sombra, en el recuerdo de la propia estructura de las calles del pueblo. Fue liberada de moros por Alfonso II y  de las cinco puertas que abrían sus casas al campo, tan solo queda hoy la de San Tablo, a través de la cual se sale hacia una especie de barranco que divide actualmente el pueblo en dos zonas muy delimitadas.

Como el resto de los «nidos de agudas» anteriormente comentados, también la Iglesuela pasó a manos de los templarios. Es curioso cómo este rincón lejano y apartado de círculos de poder, retirado de caminos transitados y verdaderamente fortificados contra ataques foráneos, fuese uno tras de otro propiedad de esa orden militar tan extraña en sus comportamientos y tan traída y llevada a través de los tiempos, hasta acabar con su disolución y el ajusticiamiento de sus jefes. Cuando, recomendó esta sierra, me he ido encontrando la memoria de los templarios y de paso he ido observando la estructura geográfica de los barrancos, de las montañas, las crestas rotas, los difíciles puertos, han vuelto a mi memoria las lecturas que, sobre estos hombres, he hecho en mi vida y a confirmar las tesis de gentes de espíritu «especulativo», peligroso para tiempos en que el dogma había que acatarlo rigurosamente.

La Iglesuela no ha contado, quiza por su enclave geográfico —es la mas oriental localidad turolense— quizá por su poca habilidad política, con la propaganda y promoción de Mirambel y de Cantavieja. Y así como las otras dos villas han cruzado la historia con su nombre y alguna, Mirambel, ha recibido ayuda económica para su reestructuración, La Iglesuela nunca ha contado con elfo. Y, sin embargo, nada puede compararse a ese conjunto tan extraordinario y espectacular como es la zona ocupada por el Ayuntamiento, antiguo comen to y castillo templario, cuya Torre de los Nn blos, o del Homenaje, da al lugar una belleza que, de algún modo, recuerda a secuencias de aquella bella película de Orson Wells, «Campa nadas a Medianoche». Encerrarse en ese recinto menudo de la iglesia y el Ayuntamiento, más la fachada porticada que cierra el paso a otra calle, es encontrarte con el tiempo absolutamente parado, detenido. Puedes estarte allí en el mayor silencio posible y, si quieres un buen consejo para hacer un turismo que realmente merezca la pena, llévate, cuando subas a este lugar, las «Coplas» de Manrique a su padre, y léetelas en una lectura interior mientras observas las piedras y el aire detenido sobre los tejados.

Dice Ponz: «Tiene la Iglesuela 250 vecinos, y un vallecito lleno de frondosas huertas y, en el pueblo, su poco de fábrica de cordellates y estameñas.» Hoy todavía puedes comprar en la calle Mayor tejidos elaborados con los viejos sistemas artesanales hechos con telares de mano. Puedes adquirir mantas, ponchos, guantes, todos de colores muy vivos, demasiado quiza, casi a la manera incaica. Y es esta calle Mayor uno de los buenos paseos que puedes hacer, partiendo de esa primera casa solariega de hermoso alero, e ir comprobando la estructura de sus fachadas, la forja de sus balcones, el aire limpio y claro de sus puertas y, de vez en vez, en otros lugares del pueblo, toparte con las maravillosas casas de los Daudén, los Matutano, la de los Aliaga y de los Agramunt. Todas son excelentes, y, cuando preguntas que pasa con el pueblo, las gentes se quejan, ludas, de Ja ausencia de ayuda económica, por parle de la Diputación, para restaurar las casas y el pueblo. Todo lo han hecho los vecinos. Pienso que, a diferencia de Mirambel, cuya extremada pobreza hizo un tiempo que las gentes vendiesen todo para salir de allí, los de Iglesuela han apechugado con su tierra, mas rica y fértil, y han permanecido en sus lares con la osquedad hacia las instituciones que caracteriza a las gentes de estos lugares. Y mientras los nuevos dueños de Mirambel, valencianos o forasteros al fin, mimaban sus relaciones políticas con Madrid y Teruel, los de aquí pasaban. Unos, los poderosos, porque siempre les ha dado igual y porque nada necesitaban —los interiores de las grandes casas así lo demuestran—, y, los otros, los que casi nunca mandan, por eso mismo. Total que, entre unos y otros, uno de los mas bellos pueblos del Maestrazgo aragonés permanece en una pequeña nebulosa, que costaría poco descorrerla y sacar a la luz toda la espléndida estructura que hay detrás de ese aire sondormido. De todos modos hay algo que a la gente que viaja le puede extrañar de los habitantes de estos lugares: su poco interés por informarse de la historia de sus pueblos. Es difícil encontrar a alguien que te explique detenidamente los nombres de las piedras, de los hechos, de las puertas y de las paredes. Hay —a diferencia, por ejemplo, de las gentes de Alcaine, o del Pirineo, o de Rubielos— un desencantado desinterés por el conocimiento.

—-A mí —me dijo un ciudadano de La  Iglesuela— no me gusta leer; pero hay un hijo de la villa, que es maestro, que sí sabe cosas

Y tienes que acabar recorriendo la localidad con una guía turística en la mano, perdiendo el contacto humano con el aire de todos los días, que ese sí es el verdadero conocimienlo del territorio.

Abandonamos La Iglesuela y en mi memoria la primera vez que la visité, alia por los sesenta, con mi hermano Miguel, en una de aquellas «razzias» turísticas taximétricas que se cascaba a través del territorio español, haciéndose acompañar de poetas, novias de poetas, ácratas profesionales o silenciosos personajes de la vida zaragozana. Recordaba, de vuelta al puerto de Cuarto Pelado, la frase de Miguel mientras salíamos de él camino de esta villa: «Esto es el fin del mundo.» Y había tanto espacio abierto, tanto aire entre un lugar y otro, tanto silencio, que casi, casi, parecía en aquellos años realidad lo que el decía. Ahora, con las carreteras mejoradas y los coches mas apropiados, la lejanía del fin se aproxima a las «últimas estribaciones» del fin del mundo. Desde La Iglesuela se pueden tomar dos caminos: uno, que, a través del puerto de Mosqueruela y del de Linares, 1.720 m., te lleva a Rubielos, y, otro, que es regirar hacia el Cuarto Pelado y, por Villarroyay Allepuz, bajar, por los nacimientos del Guadalopey del Alfambra —futuro Turia—, hasta Aléala, Mora y Rubielos. Personalmente, hago esta ultima, aunque Mosqueruela es otro hermoso lugar, a pesar de que Ponz se lo quite de en medio con esta escueta noticia: «Por entre barrancos, no tan fragosos como los antecedentes, y a vista de varias matas de pinares, pertenecientes al término de Mosqueruela, se pasa por esta villa del obispado de Teruel, cuya población es de 400 vecinos, inclusas las masadas, que son muchas. No hay cosas de consideración en los ornatos de la parroquia.» Y parece mentira que un hombre, a veces tan preocupado por elementos casi, casi, ecológicos, nada diga de ese hermoso portal dedicado a San Roque, con capilla y todo, o de los soportales góticos, o de esa casa tan impresionante que dicen fue palacio del rey Don Jaime. A veces, este Ponz pasaba descuidadamente por lugares hermosos, y quizá el cansancio del viaje le hacía menospreciar valores en nada despreciables.

Lentamente, la carretera se va alejando de las zonas de cultivo para internarse otra vez en las zonas de prados altos y fríos. En el cruce se toma hacia Teruel y, a partir de aquí, la carretera se cae intrincada y difícil. En verano, los pinares, los extensos pinares que nacen en esta zona y terminan en las laderas occidentales del puerto de Villarroya, son uno de esos lugares donde siempre apetece acudir, por la altura, el frescor y los escasos visitantes, ya que, aunque los pueblos se llenen de veraneantes, éstos no pasan de ser eso, verneantes, y escasamente practican el excursionismo de la tortilla patatera. Andar por estos caminos, en verano, es andar por la soledad, cosa que en el Pirineo empieza a ser cada vez más difícil, si no acabas buscando lugares menos «folklóricos» de los asiduos. Cuando llegas a lo alto del puerto, al fondo ves Fortanete y la vega recorrida por el río Pitarque —aquel que enriquece la piscifactoría de Villarluengo—, con lo que puedes hacerte una idea de lo tortúrame de la geografía de esta zona. Detenerte justo en la bajada para, si es de tarde, ver el sol hundiendose hacia el fondo, resulta hermoso. Si, además, tienes la suerte de que hay restos de nieve en las lomas, por el bosque, la luz toda vía estremece más la emoción.

Atravesado Fortanete —de hermoso caserío serrano— y cruzando el puente sobre el Pitarque, al poco, otra vez empiezas a ascender por entre una carretera áspera, rodeada de espesos bosques hasta el puerto de Villarroya, 1.655 metros.

Defendiendo el puerto por la zona occidental de la sierra —cuyos pinares han desaparecido— se encuentra, sobre las aguas del Guadalope mozo, Villarroya. Si vienes desde Teruel hasta aquí, recorres montes tremendamente pelados y te resultará chusco que al pueblo lo apoden «de los Pinares». La ruta contraria te lo confirma y te reafirma en un pasado económico poderoso que se manifiesta en el urbanismo y la estructuración de esta villa.

La primera vez que llegué a ella fue con el viaje de Miguel, y entonces —años sesenta—, que el turismo sólo se albergaba en las lindes mediterráneas, a nadie se le ocurría apoyar estos pueblos, sacarlos de su hundimiento y, restructurando sus casas, sus paisajes, sus edificios civiles y eclesiásticos, dignificarlos hermosamente y llevar a los turistas por estos caminos. Eran tiempos de otras cosas y, a pesar de la existencia de un veraneo tradicional -Villarroya es un pueblo excelentemente Iresoo—, nadie pensaba en revalorizar las piedras. Eran los años del cemento «fragatino».

La segunda vez que acudí a el, ya me llevaron gentes del pueblo, gentes jóvenes enzarzadas en aupar su tierra tan maltrecha y abandonada. Era el primer año que subí a Jorcas a cantar —1974—, y, casi raptándome, me subieron al pueblo. La realidad había cambiado totalmente: de una sensación de abandono se pasaba a un combate de resurrección. El río esta siendo canalizado para hacer hermosas sus riberas; te muestran la Torre del Homenaje como restos de una antigua fortaleza, y la iglesia, y las calles, y las fachadas góticas de muchos de los rincones del pueblo. Y luego, cuando un día quieres volver a reencontrarte con esas tierras, te encuentras que esa zona permanece callada y que en ninguna guía oficial o extraoficial de Teruel aparece. Para unos, porque no es Maestrazgo, y, para otros, porque, extrañamente, carece de monumentos significativos. En este pueblo, yo estoy con Ponz, que dice de él: «De Linares —transcribo todo para que se vea el valor de este ciudadano— se camina a Villarroya, atravesando algunos valles y territorios quebrados: a las dos leguas se pasa por Valdelinares —¡tan cambiado ahora!—, lugar’ poblado por los de Linares, con abundantes y finos pastos para ganado mayor y menor: se pasa después el peligroso puerto de Valdevacas, donde algunos perecen en tiempos de nieves, por ser lo más trio de estas sierras. La iglesia de Villarroya tiene un magnifico crucero, que dicen costeo don Francisco Peña, auditor de Rota, que fue en liorna por la Corona de Aragón, natural de (isla villa Los retablos colaterales son buenos, con colum ñas arrimadas de piedra y con cuadros que representan la presentación y transfiguración. Por muerte del auditor, a principios del xvn, no se acabo la fabrica de la iglesia, causando mucha fealdad lo que queda de lo antiguo, y también el retablo mayor; pero ya había enviado de Roma muchas reliquias colocadas en preciosos relicarios, que sostienen angelitos.

Tiene Villarroya 400 vecinos, y casi todos están ocupados en las fábricas de cordelletes, bayetas y bayetones: además, suficiente agricultura y mucho ganado lanar, particularmente en las masadas: ha crecido su vecindario, pero se han disminuido sus pinares —el subrayado es mío—, como se nota en los riscos que cercan a la villa, donde sólo ha quedado muy poco de esto en las cumbres mas altas. Se mantiene la casa de los Peñas, donde hay buenas pinturas, que el auditor mando desde Roma, y un oratorio muy precioso. Aseguran que se encuentran en el termino de esta villa minas de azabache y de plata, con canteras de marmoles blancos.

De Villaroya —él la escribe siempre con una r— se va a Aliaga, caminando entre prados, masadas y algunas cortas arboledas…», y termino con esta ultima explicación porque Ponz da a entender que él se bajó por la cuenca del Guadalope, por la que hoy no va ninguna carretera. Y es gracioso comprobar la detenida descripción que hace de esta villa cuando hemos visto que, de otras más aparentemcnte famosas, pasa olímpicamente. La razón pudo ser que, efectivamente, Villarroya atrae de un modo asombroso al visitante que lleva en su ánimo la voluntad de reencontrar rincones mudos y bellos. Y la sensación que te produce la llegada a este lugar es de sosiego tras de las tortuosas caminatas que, vengas de donde vengas, tienes que asumir.

Saliendo hacia Allepuz, a escasos kilómetros, hay un desvío a un lugarcico, Miravete, que un año significó un grito de rescate de esta tierra. Allí se reunieron las gentes del Bajo Aragón y de las sierras turolenses para lanzar un SOS angustiado. Bajo el lema de «¡Salvemos Teruel!», se intentó hacer un acto que sirviera para que todos tomásemos conciencia de la agonía de este gran gigante que es la provincia completa. Por razones familiares —mi madre atravesaba un momento crítico en la UVI de la Seguridad Social de Castellón, y sirvan estas palabras como gratitud hacia las gentes de aquella casa y de aquel verano—, no pude acudir a la gran fiesta y a la concentración. De nada sirvió. Las tierras no se salvan ya por la voluntad de sus gentes. Es mucho mas complicado todo el proceso, y hoy la torturante estructura comu- nicacional de territorio influye sobremanera en el proceso económico de las tierras. Es una pena que grandes espacios, que un día fueron fértiles cabañeras de ganado estén en silencio, cuando la crisis del mundo va a ser de proteínas, y que nuestra falta de independencia nacional nos obligue a cerrar puertas, cada día más puertas, dejando habitaciones vacías al tiempo, al tedio, a la tierra y el abandono. Lo más impresionante que hay en Miravele olmo enorme, sujeto por ladrillos para que im se hunda, y que estaría a mitad de camino entre el olmo machadiano y el símbolo mas emocionante de una tierra que no quiere morir.

En Allepuz te encuentras con tres direcciones: una hacia la capital de la provincia, oirá hacia el rincón de Jorcas, donde tengo tantos trozos de corazón repartidos con los amigos, y, hacia el sur, entre las sierras de la Moratilla y de Gudar, uno suave que te lleva a Alca!a. Y se agradece, cuando te decides por éste, la suavidad del paisaje, la dulzura del camino y el aire quieto y manso del contorno; sobre todo si has hecho el camino que te cuento, donde los torturantes puertos, las quebradas sin fondo, los barrancos —como esqueletos rotos contra la tarde— te han asediado continuamente. Ahora, la vega es dulce, y, si la haces ya para el verano, cuando todo está verde y fértil, con los pinares suavemente bajando hasta besar las aguas del río, y los prados frescos sirven de alimento a ganado vacuno, te sientes, de golpe, lejos de esta tierra y casi, casi, te trasladas a los lugares suaves de los Alpes austríacos. Gudar, empinado en una loma, te vuelve a recordar donde andas: por tierras turolenses.

Con Gudar siempre he tenido la negra. Cuando hemos acabado de actuar en Jorcas y, al día siguiente, lo teníamos que hacer en Mora, o tomábamos esta misma carretera para pasar por la insólita Aléala, de regreso a Zaragoza, dando una vuelta turística, siempre me he parado en este pueblo, he subido sus cuestas

Iunas hasta la fonda o mesón porque enorme es su lama como excelente comedero. Nunca lo he podido hacer; siempre ha estado a tope y, además, no se por qué, la «cordialidad» de la dueña nos ha hecho marchar bastante escaldados del lugar; pero, como uno no es gato, por cuatro veces lo he intentado, nunca he podido. Pero quiero reseñar la fama que este lugar lleva por aquellos lares.

Y de golpe, al bajar una cuesta y girar bruscamente a la derecha, te encuentras, al fondo, desparramándose hasta las orillas del río, precipitado desde los muros de un castillo, bastante desguazado, una de esas visiones que solo en estas sierras te puedes encontrar: Alcala de la Selva.

Casi siempre que he llegado a este lugar, lo he hecho como mudo turista y, con mi manual en la mano, he seguido las enseñanzas abunidas y doctorales que me han mostrado, desde el origen y nombre hasta la última obra «artística» del contorno, que es la ermita de la Virgen de la Vega, ya saliendo hacia Mora. He sabido por esto que su nombre se debe a que, en 1174, Alfonso II —llamado el Casto, no se sabe por qué— dono el castillo, décimas y patronato de Alcalá al monasterio de Selva Mayor en la Gascuña, y la vieja tentación de pensar que el sobrenombre le venia de los grandes pinares se hunde al comprobar que no es más que una «costumbre» afrancesada. ¡Lo que es la vida!

En uno de mis viajes conecte, por eso de la casualidad y el nombre de andar cantando por aquellos lugares, con una cuadrilla de locos maravillosos que me dieron una visión del lugar que nunca hubiese tenido de no b.ibl.u con ellos. Todo empezó cuando, desele Alca ñiz, llamé a un hostal reservando habitación

—¿Para cuántos días? —me preguntó una voz joven.

—Para esta noche.

—¿Sólo? —volvía a insistir mientras daba sensación que, cuidadosamente, apuntaba lo dos los datos que me iba preguntando.

—Sólo.

—¿Y a nombre de quien?

—De Labordeta.

—¿José Antonio? —me insistió.

—Sí.

—¡No joda!

No supe qué responder, pero cuando de atardecida llegué al hostal, los chavales del pueblo —un grupo de ellos, naturalmente— me andaban esperando. Jesús, que asi se llamaba el chico que me hablo por telefono y que trabajaba de barman en el bar del hotel, resulto ser un tipo de esos listos y socarrones que jamas pensaban abandonar estos lugares y que, con su cachondeo visceral, animaba el cotaiTo de los otros compañeros que, en aquellos días —estudiantes en Teruel— andaban de vacaciones pascuales, esas que se pasan entre el tedio, los oficios y el cachondeo mas agreste, porque el tiempo, frío y desabrido, casi siempre acompaña, mas que a estar de largas tertulias, a inventar jolgorios divertidos. Para empezar, y a modo de locura cariñosa, se habían inventado una bebida entre troglodítica y «pop»: el submarino, que consistía en llenar una gran jarra de cervezas de alta graduación y luego, dejar hundirse, en su interior, una ropa, con cristal y todo —de ahí lo de submarino— de pipermint o pacharan, según con el color que, en ese momento, les gustase colorear a la cerveza. Y luego, como en tribu colectiva, con pajas —ahora tubitos de plástico— chupar hasta agotarlo. Era casi el rito del «porro» o de la pipa de la paz, pero con la tradición alcohólica de los pueblos mediterráneos y no con ese cachondeo, entre asiático y yanqui, de la «marichuna» —asi se dice en aragonés lo de la marigüana—. Jorge, otro mozo magnífico de este lugar y que andaba aquella noche intentando que «alguien» le invitase a un bocadillo, mientras pensaba en su bondadosa madre que le estaría esperando con la sopa caliente en la mesa —todo dicho con un tremendo cachondeo— no empezó a contar las historias suculentas de su estancia en el colegio —seminario de las Viñas de Teruel—, su vida de camarero en Gandía vendiendo a las mozas autógrafos de Bertin Osbor- ne al precio de diez duros, para poder comprarse la magnifica cazadora que ahora llevaba modelo Limberg —«que no se quién es».

—El primero que cruzó el Atlántico en avión —le digo, pero a el le importa poco, porque continua con su charla metiendo, de vez en vez, su paja en el cotarro y pegándose unos lingotazos tremendos.

—Aquí lo que pasa es que todo el mundo piensa que somos valencianos, y de eso no tenemos nada de nada…

(Al día siguiente fui a comprar un periódico y el único puesto a la venta eran «Las Provincias», de Valencia, y, ademas, de lies o c n.iin» fechas anteriores.)

—Pero estamos olvidados, abandonados Fíjate si nos tienen manía hasta en Teruel, el monte mas alto de estas sierras es la Penarro ya, que esta aquí al lado; pues bien, los cabro nes de la capital, para jodernos, le ponen un metro más al Javalambre. Y eso lo hacen porque ellos quieren que las gentes vayan a esquiar a esas pistas que son las de la Federación turolense. Aquí nada, olvidados.

Todos confirman, a gritos, y empujándose los unos a los otros —«¡que calor me das en el lomo!», se queja Jorge de los apretones de un compañero—, las afirmaciones de Jorge, en las que no entro ni salgo, pero ahí quedan, porque esta tierra esta llena de agravios, a veces aparentemente tontos como este, pero profundos en la raíz de demasiadas cosas. Uno de los chavales socarronamente murmura:

—Por aquí nevaba hasta que pusieron los remontes de Valdelinares. Desde entonces, ni una gota. Y los domingueros valencianos todos en una mancha pisoteando la blancura de la nieve.

—¡Son como niños! —murmura un poco calamocano Jorge— ¡Como niños!

Y luego nos cuenta que él trabaja, «hasta que me canse y me vaya». «¡Yo nunca me iré!» —interfiere Jesús— «sacando madera de los montes. Es un oficio duro, porque a veces te tienes que tirar con pino y muías por lugares que no sabes a donde coño vas a ir a parar como alguien resbale.»

—¿Hay mucha madera?

—¡I labia!

—¿Qué pasa?

—¡Pasó!

—¿El qué?

—Un medico que hubo aquí. Cobraba, ademas del seguro, las igualas y las gentes, como no tema dinero para pagarlas, cortaban madera indiscriminadamente y con las perras pagaban al médico.

—Ese se llevo todos los pinos con él.

Y todos, ya con el quinto o sexto submarino, vuelven a repetir la misma historia, pero a voces fuertes y con variantes divertidas describiendo al medico el día que se iba del pueblo llevándose camiones de madera, de mucha madera. Todos los pinos del mundo. Todos.

De pronto, una de las chicas, también con una divertida cara de cachondeo ancestral, dice:

—¡Anda, si ya son las doce!

Todos se ponen de pie en el bar y me explican que tienen que ir al baile; la chica lleva las llaves y como es fin de semana, está todo lleno de valencianos, y asi sacamos unas perras para las fiestas de quintos.

—Al año que viene somos quintos nosotros —me dice la chica—, y nos gustaría que vinieses a cantar, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—Ahora —me insiste—, vente a bailar.

—Estoy muy cansado y mañana tengo que seguir viaje.

—¡Venga! —me gritan todos.

—No, gracias. Me voy a dormir.

—¡Que habrá valencianas! —me dice con ojos picarones un mócete con cara añinada.

—Otro día.

Y se van todos, hasta Jesús, el barman, que le pide permiso a su jefe. El único que queda junto a nosotros es Jorge.

—¿No vas?

—Me bajo a Mora, a la discoteca. Estos hacen baile de parroquia. Y se ríe mientras se acuerda que todavía no ha cenado y, entablando una discusión conmigo sobre las excelencias del salchichón que hace su madre, en un quítame alia las pajas o las plumas o lo que sea, desaparece del lugar y vuelve a aparecer con un largo salchichón. Dos horas después de cenar estoy otra vez enzarzado con los dientes, masticando y gustando un excelente embutido.

—Es que como mi madre no hay muchas.

Alcalá de la Selva merece también un recorrido menudo, desde la pequeña y hermosa capilla existente a la entrada del pueblo, hasta la plaza de la fuente y de la iglesia. Las calles estrechas y cobijantes, quiza mas moriscas que otra cosa, en su trazado, remeten en el aire un aire del gótico serrano. Siempre, cuando llego a este pueblico, subo hasta la plaza de la Fuente y, sentándome frente al numero cuatro, permanezco en silencio todo el tiempo que puedo. Luego, miro a las gentes mayores que toman el sol, o huyen de el en el verano, y con aire cansino callejeo otra vez, o entro en la descomunal iglesia, fea y destartalada, símbolo de otros tiempos, alia cuando ese era el símbolo del poder y de la gloria. Son impresionantes los volúmenes de las iglesias de esta zona. Pertenecen al xvn o al XVIII y la ampulosidad y el mal gusto del barroquismo jesuítico se extiende de por todos los lados. Hay, en algunos lugares, donde la carretera pasa casi tomando aliento y obligando, a los camiones y coches .1. a encoger la barriga. Pienso, cuando digo oslo, en la de Camarillas, allá en la sierra, que se desborda hacia Aliaga. Pero son todas parecidas, enormes y feas. Nada de lo que se entiende por arte, queda en su interior y, a veces, solo el perfil enorme de su volumen al aire, resulta relativamente elegante.

Luego sales otra vez hacia la Vega, hacia el santuario de la Virgen —otro enorme disparate arquitectónico—y, atravesando chales y edificios hosteleros, comienzas a subir el puerto de Alcalá. Poco antes de llegar a su punto más alto, arremetida en una curva y aprovechando el sol del mediodía, aparece la urbanización La Solana, una muestra clara de lo que no debe hacerse y que ha conducido, en otros lugares, a una perfecta degradación del lugar y del entorno. Se que los promotores dirán que gracias a esta obra no hay paro por la comarca. También dijeron eso por el Levante y entonces, en el momento especulativo, no lo hubo, pero ahora lo hay y de modo brutal. Deberíamos aprender en cabeza ajena, pero ni aún así.

Desde lo alto del puerto se ve al fondo del valle Mora de Rubielos y más alia, hacia el sur, se perciben los contornos de Sarrion. La baja da es hermosa, entre pinos, hasta que, cerca de Mora, toda una vertiente de monte aparece quemada. Es la vieja historia de siempre: priincm fueron los ganaderos y los campesinos; ahora, los turistas domingueros que tienen un alan enorme por llenar el paisaje de mierda y de detritus y, además, no contentos con eso, de vez en vez, lo arden. Me gustaría que la tele hiciese una campaña de conciencia clara y rotunda, porque caminar por España empieza a ser ir por un vertedero y un enorme crematorio.

Mora es otra de esas ciudades serranas con castillo —perfectamente cuidado en la actualidad—, una enorme y bella iglesia gótica —es la mas bella de todo el camino— que, lejos de los materiales mudejares, utiliza la piedra, debido a la propia ampulosidad de los señores que en el quince la mandaron construir. Y si hermosa es la iglesia, no menos es la plaza que la antepone, y los edificios que la rodean, y los palacios o casas señoriales de los Cortel, las de Royo Herranz y la casa del Curato y la de los Monterde. Aquí, en esta tierra, el gran esplendor se renueva en el dieciocho y los balcones se enriquecen con hermosas forjas para aderezarlos y embellecerlos. La plaza del Ayuntamiento anda un tanto desestructurada sin perder todavía la belleza que supone uno que tuvo. Y pasear por su calle principal hasta el portal de los Olmos y ver casa a casa, edificio a edificio, hasta sorprenderte con la graciosa «Escuela para niños» es un estupendo ejercicio, que te va a ir preparando para descubrir, unos kilómetros mas alia, justo en la linde de Valencia, esa ciudad impresionante llamada Ruínelos.

Ruhielos de Mora

A veces, uno puede pensar si es pasión o es sólo emoción, pero pocos pueblos pueden semejarse a la hermosura, a la altivez,, a la estructura urbana y al ritmo de esta villa Desde el Ayuntamiento, hasta la casa mas humilde, pasando por la hermosura del barrio del Campanar y las blesonadas edificaciones de los Cresell, Igual, Samitier o Povadilla, todo encierra una emoción que, cuando tomas las guias turolensesy compruebas que con cuatro lineas se quitan de en medio a este lugar, no entiendes nada.

La villa esta cercada por una muralla de la que quedan los portales de San Antonio y del Carmen. Si llegas desde Alora, te toparas con el de San Antonio. Un buen consejo es dejar el coche en estas afueras, a las gentes les gusta tanto el auto que resulta cabreante ver a los turistas andando por las estrechas calles con sus vehículos. Cruzado el portal, te amorras a unos edificios que es posible que nunca llegues a entender cómo están allí. Son, como otras cosas, producto de la explosión industrial que en el dieciocho y diecinueve hubo aquí. Pero bajo esos edificios aparecen arcos góticos de una gran riqueza, que demuestran que el gus to por la arquitectura no es un hecho reciente. En el Ayuntamiento merece ver el patio y contemplar la cárcel, un tanto tercermundista, pero forjada en hierro con una verja impresa> nante. Frente al Ayuntamiento, dos palacios seguidos, uno medieval y otro de factura clic ciochesca italiana, bellísimo. Puesto el uno al lado del otro.

El arte, cuando es bueno, da igual que sea de I la 11 otra época; es siempre arte. Y andar por (isla calle hasta la plaza de toros a través de la calle del Leonés sigue siendo tan bello que resulta difícil describir todo lo que aquí se encierra. Y si de golpe te encuentras a Pepe Gonzalvo enzarzado en una buena capazada con sus paisanos, se te habrá abierto el cielo. Gonzalvo, como Vitoria, son dos artistas nacidos aquí. Y mientras Salvador vive en Madrid, Gonzalvo se ha montado una maravillosa ca-sa-taller llena de hierros, el taller y de cerámica y acogimiento la casa. El te va a mostrar su lugar con tal cariño, que sería bueno que, en la tiendica que hay debajo del bar Los Leones —se llama así porque en la calle había un palacio con un escudo con dos grandes leones— o en los restaurantes, y hasta en la gasolinera, vendiesen unas casetes grabadas con la voz paisana de este Gonzalvo, para conocimiento de los muros, piedras, hierros y secretos. Porque ver el hospitalico solo o verlo con él, cuando te explica que se usa de chique-ros para las fiestas, con la mayor naturalidad, al tiempo que se emociona al enseñarte el Cristo crucificado del catorce colgado al fondo, no tiene comparación. Ni comparación tiene, cuando en la plaza de toros tradicional, te explica el rito del embolado:

—Se trae desde las afueras con una sola cuerda, es decir, hay que correr delante del bicho sin que te alcance y son, aclara, toros de seiscientos kilos. Cuando se llega aquí —te señala el centro de la plaza— se ata a madero que se ha metido en este lugar—en el MM IO, el cuadrado perfecto— se le embola, se Ir melón bolas de esparto con alquitrán, se le encienden y se suelta.

Es un rito que Brel nunca entendió en esa triste canción que habla de que el toro se aburre las tardes de domingo. Hay demasiadas cosas en toda esta fiesta de hombres y toros —-y sobre todo en estas tan puras— como para despachárselas de un plumazo. Seria bonito que el Ministerio de Turismo —si es que aun existe— se inventase la ruta del Toro que podía empezar en Teruel, para julio y seguirla por todos estos pueblos donde andan todo el año recogiendo dinero para poder tener «vacas», como ellos las llaman.

Saliendo de la plaza de toros, te lleva hasta un hermoso edificio con cantidades extraordinarias de balcones y en la que, una placa, recuerda que aquí estuvo Franco. En esta villa debieron estar todos, porque otra recuerda la estancia de Cabrera y en la casa numero 26 de la calle del Horno una placa también recuerda que allí nació, el 22 de enero de 1768, Vicente Pascual y Esteban, canónigo de Teruel y presidente de las Cortes de Cádiz en 1812.

—Casi nadie —comentaba Gonzalvo— y que, por cierto, no está en la Enciclopedia Aragonesa. ¡Como si nos sobrase tanta gente!

Y sigue Rubielos rodeándote, acariciándote, haciéndote sentirte casi como un pedazo más (lo sus calles, que, por cierto, bajo el nombre aelual, guardan el tradicional. Y así, la mitad de la plaza de la iglesia que no recibe el sol, la llaman de la Sombra. Y la que lo recibe, del Sol,

y esta la del Horno, el Carriluengo y tantas otras otras muy divertidas que señalan su razón de ser, como la de la Aduana o de la Posada. De entre las casas más enraizadas esta la de los Ram de Viu con doble cancela en su palio, hermoso y sobrio. Por la puerta del Carmen sales otra vez al campo, hacia el convento de las monjas agustinas, de clausura y con comunidad todavía, situadas al final de un calvario ¡Qué amigos somos de la muerte y qué poco de la esperanza!

A la derecha de la puerta del Carmen un antiguo convento de carmelitas, expropiado en la desamortización y convertido en fabrica de mantas —esa era una de las principales fuentes de riqueza de esta villa— permanece hoy aparentemente intacto. En su interior, y respetando el claustro, la inteligencia de los Gonzalvo lo está convirtiendo en apartamentos dúplex. El resto del edificio recoge una boite que, por respetar los maderos del techo, los del pueblo, al principio, decían: «¡Coño, esto como la cocina de mi casa! Y un restaurante pequeño, pero suficiente.»

—La riqueza de aquí estuvo siempre en las fabricas de mantas y en las serrerías. Su caída significo el final de todo su esplendor, aunque nunca ha dejado de tener cierta alcurnia; pero claro, a costa de perder muchos hijos de aquí, en la emigración.

Y luego nos lleva hasta una nueva plaza de toros —la mas grande del mundo, pues aquí caben todos los habitantes de la redolada— y resulta que es una plaza cortada por la mitad que, vista desde el frente, antes de descubrir el inim, lo parece enorme. De vuelta al pueblo por una costanera, Gonzalvo me presenta a un viejo amigo suyo, tion y juerguista, socarrón y divertido. El hombre anda de prisa y apenas dice nada.

—Cuando me casé, porque me case hace poco —«unos diez años», le aclara alguien—, este amigo se quedó desamparado, porque, en aquellas fechas, las monjas cerraron el asilo y el buenazo decía: «No sé qué sera de mí; Gonzalvo casado y sin asilo. A veces sigo paseando con él.»

Luego nos presenta a dos mozos jóvenes que andan ahora en el oficio de forjadores que, según Gonzalvo, es un oficio reciente por estos lugares a pesar de la sensación de que hubiese una larga tradición. Nos despedimos y, tras aconsejarnos que volvamos para las fiestas, salimos camino de Teruel tomando la carretera que va hasta Sarrión y que atraviesa unas enormes parameras en uno de cuyos rincones están, como abandonados, unas edificaciones pertenecientes a unas minas de las que se sacaban piedras bituminosas para explotarlas obteniendo de ellas el petróleo posible. Un intento utópico que nunca nadie me ha explicado claramente, a pesar de que, durante los años de mi estancia en Teruel, mi obsesión e insistencia fue muy grande.

De atardecida iras ya camino del puerto de Escandon y luego bajarás duro contra un paisaje lleno de rojas arcillas, y en el fondo, las mudejares torres de Teruel. Un buen reposo en esta ciudad, un buen paseo por el centro urbano y una mirada a los Mansuetos, son cosas que se deben hacer al pasar por aqui vaya uno a donde vaya. El entorno y los rincones lo merecen y, si tienes un poco de tiempo vete hasta la Casa de la Cultura y visita el museo. Te encontrarás riquezas artísticas de muchos de los lugares que has visitado y, sobre todo, una excelente muestra de la cera mica de esta ciudad y de esta provincia, (luisón realmente magníficas. Al fondo del paisaje veras cómo el Alfambra se une con el Guadalaviar y, con nombre de Turia, se va hacia Valencia, hacia la costa, hacia el futuro, como la emigración de todos estos pueblos.