Aragón en la mochila – Zaragoza, plaza a plaza2018-03-22T12:50:30+00:00

Zaragoza, plaza a plaza

Una pequeña meditación

Por muchas razones esta ciudad, ahora descomunal y desbarajustada, ha pasado, a través de la historia, como un lugar de camino, de transito, de ida y de vuelta; pero difícilmen­te ha sido un lugar de estancia. Las legiones cesaraugustanas que ahora hace mas de dos mil años se establecieron aquí, lo debieron hacer por despiste: deberían bajar atosigados de sus luchas contra los vascones y llegarían a estas latitudes en uno de esos engañosos días de fértil primavera o suave otoño y decidieron quedarse. Fueron los primeros y los únicos. Los demás, nos estamos siempre escapando y desde Abu-Yafar —constructor de la Aljafería— hasta Labordeta, servidor de ustedes y catedrá­tico en Arenys de Mar, excedente, todos anda­mos con la mochila preparada para largarnos. El problema es que nunca nos vamos y aquí, generación tras generación, todos vamos repo­sando nuestros huesos en los distintos y diver­sos camposantos que en esta tierra ha habido. Y ese espíritu de «transit mundi» que emana­mos los zaragozanos es algo que lo hemos inculcado a nuestras propias piedras —nada es eterno y lo mejor es derribarlo— y a nues­tros propios visitantes que vienen por las carre­teras del norte —Euskadi—, por el este —Ca­taluña—, el suroeste —Castilla— y el sureste —Valencia— miran con cierto desconcierto los dos grandes monumentos que caen mas a mano —El Pilar y La Seo— compran un ado­quín de caramelo o una Virgen camp de esas con nieve y, despavoridos del calor estival, de la ventolera de otras estaciones y del ladrillo con color a barro de las paredes más próximas, se largan. Se van. Luego, cuando alguien les pregunta qué les ha parecido Zaragoza, se preguntan si realmente debajo de aquellas estructuras urbanas que percibieron desde lo alto de la torre del Pilar, había vida. Eso, si subieron a la torre, porque si no lo hicieron, ni se lo preguntan.

Y así, con ese sabor a madrastra que a todos nos deja en los ojos, esta ciudad trans­forma todo, lo cambia, lo destruye y lo «renue­va» para, malditamente cargarse lo que tenía algún valor. Es una característica de esta ciu­dad, a lo largo de los días, verla siempre rodeada o llena de solares recien abiertos, hasta tal punto que, a un viejo amigo, crítico de teatro por los madriles, cada viaje a Zarago­za se le oye decir:

—¿Seguís en guerra?

Y, efectivamente, en la zona del casco anti­guo de la ciudad, hay siempre esta sensación posbélica. En la «Guía Histérico-Artística de Zaragoza», editada por el primer Ayuntamiento democrático, hay un capítulo completo de Guillermo Fatas dedicado a la Zaragoza desa­parecida. Claro que ahí no está lo transforma­do por unos y por otros; pero resulta una lectura muy interesante para conocer a nues­tros dirigentes habidos a lo largo de la historia, su desidia y su falta de interés por el arte y su mucho por los volúmenes edificables. Un buen ejercicio para empezar a entendernos es tomar en tus manos la vista de Zaragoza del dieciséis y, yéndote al otro lado del Ebro, compararla con lo que ahora ves. Llegarás a pensar que estás ante otra ciudad completamente lejana y distante. Es la imagen de una ciudad renacen­tista y hermosa frente a ese cúmulo de barba­ridades urbanísticas que los sucesivos ayunta­mientos, hasta 1979, han hecho: Se lo han cargado todo. Y lo que no pudieron destruir fue porque ya los franceses se lo cargaron en los sitios. Realmente somos una ciudad que deberíamos levantar una lápida recordan­do todo lo que hubo y ahora no hay y po­ner, al margen, los nombre de los alcal­des, para recuerdo de nuestros hijos y que sepan sobre el busto de quien se tienen que ir a mear.

Así la describe Ponz: «Desde alguna distan­cia presenta Zaragoza por cualquier parte que se mire un perfil agradable, y resulta de sus mayores edificios, y algunas torres. Llaman la Torre Nueva a una que ya tiene cerca de trescientos años, pues se construyó en el de 1504. Está sola, y sin ningún arrimo en la plaza que llaman de San Felipe. Es de ladrillo como otras muchas que hay en la ciudad y se nota que está algo ladeada. En ella hay una gran campana para tocar las horas, y otra para los cuartos, que esta en la aguja.

Las puertas de la ciudad son: las del Angel, que es la más suntuosa; la del Sol, la Quemada, la de Santa Engracia, la del Carmen, la del Portillo, la de Sancho y la de la Tripería. Los paseos plantados de arboledas son, el que llaman de Macanaz, orilla del Ebro, camino de Juslivol, el del antiguo camino de Barcelona entre los dos nos Ebro, y Gallego, y, últimamen­te, el de Santa Engracia hacia monte Torrero, y riberas del río Huerva, en cuyas inmediaciones hay algunas casas de campo, que aquí llaman torres.

Los puentes de dichos nos son, primera­mente, el magnífico de piedra de siete ojos sobre el Ebro. Según una inscripción que se lee sobre el, se hizo en el año 1437…

Mas abajo de este puente, siguiendo la comente del Ebro v a la distancia como de un tiro de fusil, hay otro de madera, de cuya manutención se tiene mucho cuidado. Tam­bién es de madera el que hay sobre el Gallego… el del paseo nuevo de Santa Engracia sobre el río Huerva tiene de piedra los cimientos y el arco es de ladrillo.»

Me he extendido un poco en la descripción que hace Ponz de Zaragoza, porque conviene pensar lo que esta ciudad era a fines del dieciocho y lo que es hoy, confirmando total­mente mi primer argumento: De las siete puer­tas, tan sólo queda en pie —y de modo tristí­simo—, la del Carmen. El resto ha desapareci­do bajo la piqueta de una burguesía termitica que devora todo lo que le dejan, porque lo que esta en pie —la Aljafería, por ejemplo— ha sido porque no pudieron derrumbarlo por estar en manos no privadas. Si no, hasta el Pilar —ellos tan católicos y fervientes— se hubiesen llevado por delante. Se cargaron la Torre Nueva —maravilla mudejar—, se carga­ron el convento gótico de Santo Domingo, la casa-palacio de Torrellas, el de Zaporta o de la Infanta, la Casa de Torreflorida y el claustro de Santa Engracia, y el convento de Santa Fe; y San Juan y San Pedro, incluida su esbelta torre mudejar y fueron derrumbando románticas casas, edificios modernistas, el Paseo de la Independencia y, por ultimo, la hermosa pri­mera Universidad de Zaragoza que todos vimos cómo se caía y como, impertérritos, se hundía la capilla plateresca de Cerbuna en aquella vieja Universidad, sin que nadie levantase el grito al cielo. Y a aquellos jerifaltes demoledo­res, en agradecimiento, la ciudad les ha puesto calles.

Menos mal que desde 1979, la política —y no el mero medro especulativo— han entrado en nuestro Ayuntamiento y, lo que era un desván para aparcamientos de camiones, co­mo un pequeño ejemplo, se está transforman­do en el recuperado foso de la Aljafería y en futuros jardines.

Caminando

A ti que llegas a esta ciudad y que acabas de leer esta denuncia-introducción, te invito, caminando —dejar el auto es un buen oficio—, que me acompañes por un recorrido que, aunque no carente de hermosos edificios ar­quitectónicos, será mas de carácter cotidiano, y hasta casi de cotilleo menudo, de una histo­ria que no está en las grandes guías zaragoza­nas —por encima de todas, la del Ayuntamien­to—, pero que conviene hacerla a pie, porque te da una idea de lo que hay detrás de esa magnificiente plaza de las Catedrales en don­de quedan recogidos el Pilar, La Seo, la Lonja y algunos palacios gótico-renacentistas que han sobrevivido, milagrosamente, a la piqueta burócrata zaragozana.

Para empezar”, lo mejor es partir desde la Plaza de San Miguel, llamada de los navarros. Es una iglesia mudejar con una bella torre y, posiblemente, denominada de los navarros por­que ese sería el camino natural donde las huestes repobladoras navarras, que desde aquellas tierras se trajo Alfonso II, hincarían la rodilla para echar un rezo y animar el ánimo en las futuras singladuras de su vida. Hoy, por una reestructuración urbanística catastrófica, de plaza casi no queda nada. Enfrente de la iglesia, cruzando la plaza en dirección de las aguas del río Huerva, te metes ya por la ciudad que más sufrió los avatares y resistencias de la guerra de la Independencia: Por Reconquista, irás a parar a Manuela Sancho, una heroína de aquellas efemérides y te encontrarás con una ciudad que nada tiene que ver con el desarro- llismo urbanístico, ni con la ciudad de consu­mo. Para empezar, la calma artesanal de peque­ños talleres te irá cobijando, al tiempo que, alguna que otra edificación del diecinueve, pondrá hacia la calle esa esbeltez tan hermosa de los alcahuetes balcones, hoy casi inexisten­tes e inservibles en las grandes avenidas don­de lo que hay que hacer, fundamentalmente, es cerrar a cal y canto todo.

Por Manuela Sancho te encuentras ya las casa de los Sitios, casas de menestrales, de pequeños comerciantes o de campesinos co­mo los números 7 y 9. En las paredes de la calle la ideología sale a flor de la piel de los habitantes de estas zonas donde la degrada­ción de años lleva muchas veces a marginacio- nes brutales y no es raro encontrarte ese gesto de alquitrán que, bruscamente, escribe en la pared: «¡Cárceles, no!»

Al final de la calle, y cerca de la Plaza de las Eras, se levantan, apoyándose sobre las viejas murallas, e intentando respetar la estructura de éstas una nueva concepción urbanística que, aunque no es ninguna maravilla, al menos es de agradecer que no hayan acabado con todo para levantar la nada.

En el número 33 de la calle de Manuela Sancho, esquina a la calle de las Eras, hay un edificio que, de alguna manera, y tímidamente, sobresale al resto a pesar de la pobreza de materiales y el descuido al que se encuentra sometido. Es una reincorporación mudejaria- na a la arquitectura contemporánea. Digo mu- dejariana y no mudéjar, porque esto no es un bodrio empastichado como lo que se levanta en la calle de San Vicente de Paúl, sino un intento dignísimo. Te detienes a mirarlo y descubres, en un lateral, una cerámica con el nombre, entre otros, de Santiago Lagunas Mayandia. Y lo entiendes casi todo, porque este viejo y maravilloso loco se embarcó, con otras gentes, por aquellos años, en sacar a la luz un abstracto tan mudejarizante que, ahora, cuan­do ves sus cuadros de aquel tiempo te asom­bras de su capacidad combativa para cubrir las puertas en una zaragozana gusanera de lagu- naszorines putrefactos.

La plaza de las Eras es un espanto urbanís­tico a la que todos los años llevo a mis alum­nos para que entiendan lo que es la especula­ción y el bodrio. Una placita encantadora que podía ser como otras no degradadas hasta ese extremo se halla, en estos momentos, asediada totalmente por edificios de tres al cuarto, con más de nueve pisos por bloque, produciendo una sensación angustiosa de aprisionamiento. Necesitas salir de allí. Supongo que el vivir en esta plaza servirá de atenuante si algún día alguno de sus habitantes comete alguna barba­ridad. ¡Es tremendo!

Sigue Manuela Sancho y justo donde esta calle se regira para abrir su nombre a la de Doctor Palomar, en el ángulo mismo se encuen­tra la portada del convento de Santa Monica y, en cuyo patio, un torno medieval todavía inter­cambia productos interiores con los exteriores o viceversa. En ese ángulo, justo en los medio­días serenos de esta ciudad, te sentirás alber­gado por la sombra y el fresco que sale del interior, trasladado a otros tiempos, a otras épocas y más si, mirando a tu frente, hacia el final de la calle Palomar, contemplas la hermo­sísima torre mudejar de la Magdalena, el mas claro minarete de toda la ciudad. Y si bello es el panorama no es menos bella esta calle donde hacia la mitad y a tu mano izquierda caminando hacia el Coso, te encuentras un grupo de casas aragonesas y tradicionales za­ragozanas de esas que te muestran cómo era esta zona en el dieciocho y cómo serían las casas que, habitación por habitación, y alcoba por alcoba, tuvieron que ir ocupando los fran­ceses napoleónicos durante el asedio de esta ciudad.

Si vuelves hacia Santa Monica y te desvias por la calle de la Viola desembocaras en la más hermosa plaza de esta parte de la ciudad, y en una de las más interesantes, a pesar de la degradación a que ha sido sometida. Es la plaza de San Agustín. Ocupada al norte y hacia levante por el enorme edificio del convento, famoso porque en su interior se produjo la célebre defensa del Tío Garcés contra los fran­ceses, del pulpito de la Iglesia. Y a pesar de los destrozos, de los años de cuartel militar y del abandono, el rectángulo y el empaque es ma­ravilloso. Seguro que las graciosas casicas de los alrededores, hoy en plena caída, en otros países —Alemania, por ejemplo, y Heidelberg, por más señas— habrían sido transformadas en apartamentos baratos para estudiantes que ahora viven en pisos impersonales, y lo que está a punto de hundirse se vería florecido por bares, restaurantes y el viejo convento en bi­blioteca, zonas de cultura, de recreo, de en­cuentro, zonas donde los estudiantes y los artistas jóvenes pudiesen convivir e intercam­biarse. Es normal que las familias no quieran vivir en esos lugares, pero recuperados —eso lo he visto, repito, en Heidelberg— podrían quedar espacios magníficos para las gentes jóvenes, y no tan jóvenes, que ahora pagan cantidades astronómicas por el alquiler de pisos levantados para que los inquilinos sepan de dónde viene el cierzo y por dónde casca el sol de las tardadas infinitas del mes de julio. De todos modos sé que esto son sueños utó­picos, sobre todo en un país que durante años ha tenido calles dedicadas a un tipo que tenía a orgullo decir: «Yo, cuando oigo hablar de cultura, saco la pistola y disparo.» Si sigues por la calle de las Arcadas hacia las Tenerías, el lado derecho sigue siendo parte del edificio del Convento-Cuartel y la izquierda ramplonas edificaciones de los cuarenta. De todos modos hay una casa, la que hace esquina entre la calle Barrioverde y Arcadas que recuerda de tal manera los decorados expresionistas del cine alemán de un Murnau, por ejemplo, que cuan­do chavales pedantes y recién universitarios nos veníamos a pasear frente a su estructura convencidos de que asi hacíamos más literatu­ra. Es un caso aislado, pero muy interesante y me gustaría —es posible que un día lo haga— saber su historia, sus constructores, su arqui­tecto, porque en medio del mudejarismo o de la «modernidad» el que alguien alzase ese maravilloso decorado, no resulta del todo normal.

Y si la degradación de las casas es grande en las anteriores zonas, el final de la calle de Arcadas es ya impresionante. Todo da sensa­ción de que se ha dejado a los gitanos, porque con ellos dentro, y desentendidos los dueños, el hundimiento de las casas es más rápido. A veces parece que las casas, hartas de lo que tienen dentro, se desbocan por los ventanucos y se desparraman hacia fuera, huyendo de la humedad interior y buscando, como sea, el tibio sol del otoño o el suave de la primavera.

Sales al Coso Bajo y dejando a tus espaldas el Ebro y la plaza de las Tenerías; frente a ti tienes la parte posterior del convento del San­to Sepulcro, cuyas celosías gótico-mudéjares ponen un misterioso encanto, pues nunca han sabido lo que dentro de aquellas tapias podía existir, lejos de las leyendas folklóricas que, como ríos de chismes, corrían por el barrio en los años en que uno no llegaba ni a mozo. Por la acera que acabas de salir subes la suave cuesta y contemplas el gracioso edificio que hace esquina con la calle Alcober, y cuyos bajos están ocupados por una ya vieja tradicio­nal y famosa tienda de vinos. Puedes, si lo deseas, catar alguno y picar esos productos que en estos bodegones te surten para acom­pañar los recios vinos que gustan a las clases sociales que viven por estos barrios. Frente a ti, despavoridamente feo e insípido, se levanta un edificio que alberga, actualmente, un centro de EGB y por la parte posterior uno de BUP. Ocupando toda esa manzana estaba la vieja Universidad, un maravilloso edificio renacen­tista aragonés, con una capilla plateresca en su interior mandada levantar por Cerbuna, funda­dor de este centro. Cuando se quedó pequeño para los universitarios cobijó durante muchos años los dos únicos institutos de Enseñanza Media existentes en una ciudad tan numerosa como era Zaragoza: El Goya, para varones; el Servet, para chicas. Y en las salas que queda­ban libres, la biblioteca universitaria. Un día, hace escasamente diez o quince años —en los anales, los nombres de ministros de Educación, alcaldes y concejales—, todo se hundió y cual­quiera podía entrar a coger papeles, periódicos anarquistas, liberales, crónicas de nuestro país utilizadas por las gentes para encender fuego en los duros días de invierno o llevados por el cierzo lejos de aquí. Y a nadie, después de eso, se le ha caído la cara de vergüenza. Repito mi teoría de la lapida que, en vez de tener caídos por Dios y por España, tuviera el nombre de los «maestros» de la piqueta. Para conocimien­to, solamente.

Al final de este edificio te das de golpe con la maravilla de la Magdalena. Conviene entrar dentro y rodearla, amarla suavemente en todos sus contornos hasta encontrar el placer que su contacto puede producirte y luego, para repo­ner ánimos de la emoción, caminar un poco por la calle Universidad y detenerte en la Margarita, un restaurante repleto de cuadros de jovenes pintores contemporáneos, de am­biente agradable, de cocina pulcra, tímida y excelente y de gente maravillosa. Encontrarte lugares de éstos donde la menestra sabe a menestra, en una tierra en que la huerta está ahí, es de agradecer. Y también es de agradecer el paisaje pictórico y los precios, que se arri­man a lo que tú buenamente puedes pagar, que no es mucho, pero tampoco nada. Un lugar agradable para hacer un alto. Y seguir hacia abajo, hacia el Mesón de Faustino, para echar unos asados al coleto e, internándote en la calle de Don Teobaldo, desembocar en uno de esos rincones que nunca te enseñarán, pero que resulta estremecedoramente bello, quizá con una belleza intelectual, no de estam- pica, pero de la buena. Hay en este entorno, con la iglesita de San Nicolás de Bari y el convento de clausura, un aire especial que ni la bárbara piqueta ha conseguido destruir to­talmente. Esta vieja zona se conocía en tiem­pos como el barrio del Boteron y a él acudie­ron a vivir, cuando comenzó la degradación de esta parte, los primeros gitanos. Y el Jueves Santo, desde la iglesia de Santa Isabel y por la zona más misteriosa de esta ciudad, transcurría —ahora también, pero todo es diferente— la procesión de la Piedad, detrás de cuyo paso iba siempre un preso encapuchado. Nuestro masoquismo infantil jugaba a saber el asesina­to o el crimen cometido por el ciudadano y los enchufes que había tenido con la Virgen para poder ser elegido entre todos los detenidos. Y sobre la una de la madrugada la procesión, atravesando San Vicente de Paul, se metía por el barrio, donde algún gitano contratado se marcaba unas saetas duramente baturras y se llegaba hasta la pequeña placita de San Nicolás —más rincón que plaza— donde se producía un momento de emoción. Plásticamente, aque­llo casi resultaba perfecto. Años mas tarde, en aquel mismo convento, y por intercesión de un fraile progre, se reunieron los miembros de la Junta Democrática y de la CAPAZ. ¡Lo que gira la vida, don Manuel!

Metiéndote por la calle Gavin cruzas la de Palaíbx —famosa en tiempos por algún prostí­bulo semilujoso— y justo en la intercesión un edificio aragonés de buena factura te invita a contemplarlo: un poco más arriba desembocas en otra nueva plaza: la de Aso. Es rectangular y un par de edificios guardan todavía un interesante empaque para pasar un buen rato contemplándolos y analizando la perspectiva que la plaza te ofrece desde distintos ángulos.

Por entre callejas cruzas la de San Lorenzo con alguna tienda de antigüedades interesan­tes y, por Estudios, desembocas en la de San Jorge, con un par de edificios magníficos: la iglesia de San Carlos —la mas hermosa de todas las barrocas de la ciudad— y el Palacio de los Morlanes, espectáculo renacentista de proporciones excelentes y que, para evitar derrumbes y especulaciones, el Ayuntamiento actual ha adquirido. En esta misma calle, en el número treinta y dos, lleva ya varios años la sede de Andalán, que, aunque no es gótico ni mudéjar, sí resulta romántico y hermoso el saber que en tierra de necios, de envidias displicentes, de genios fatuos y de tontos del haba, hay unos tipos que llevan más de diez años, contra viento y marea, peleando por la libertad y la democracia. Y ahora que hay ya un poco bastante de cada una de estas cosas, luchan por la dignidad de las personas.

La calle San Jorge la divide en dos una estrafalaria y fea vía que es la de San Vicente de Paúl. Parece que esta calle se abrió para dar trabajo a los obreros en las viejas épocas del paro, y de lo que era un espectáculo intrinca­do de callejas alrededor de la de la yedra, decidieron abrir una vía que fuese directamen­te al Ebro, llevándose por delante edificios y palacios historíeos. Y para remediar el desagui­sado, alguien invento la necesidad de hacer casas de mudejarismo moderno, con una po- bretonería arquitectónica que realmente han acabado levantando una calle tristísima, de la que por huir, huye hasta el sol, que nunca entra del todo, quedándose por los tejados turbiamente. Se cruza y por la misma San Jorge llegas hasta la plaza de San Pedro Nolas- co y contemplas un nuevo espectáculo: una iglesia jesuítica feísima, un desesperante mo­numento a los Argensola, casas nuevas, sola­res, y, en la esquina de la continuación de la calle hacia la de San Gil, o Don Jaime, una bonita casa que corresponde al estilo que, a principios de siglo, se daba en esta placita.

Meterte por este último tramo de la calle de San Jorge es introducirte en una de las zonas donde la burguesía zaragozana levanto dos hermosos edificios y donde la estructura social se transforma totalmente: la casa que hasta hace pocos años ha sido central de la Caja de Ahorros y la hermosísima que se levanta en el numero tres de esta calle y cuyo arquitecto, Ricardo Magdalena, fue uno de esos seres a los que la ciudad debería recordar con mucho mas cariño. Esta casa es de una belleza extraor­dinaria y toda ella, desde la puerta, el patio, los balcones y estructura externa son dignas de ser admiradas detenidamente. Un poco mas alia, y transversalmente a San Jorge, la calle de Don Jaime.

Esta es una calle que si merece recorrerse de arriba a abajo, pues hay edificios que mere­cen la pena ser contemplados a pesar de que la estructura extraña de la calle la convierte, para los cotidianos zaragozanos, en una calle carente de sentido. Y, sin embargo, desde su arranque, al lado de la Lonja, el interés aparece por todos los lados. La casa número treinta y cinco, situada en la esquina de la calle Espoz y Mina, es también uno de esos espectáculos que, descansadamente, se pueden contemplar. Es un edificio que sugiere una ciudad distinta y lejana, una ciudad que quisieron hacer unas gentes, pero que la realidad ventera de este país destrozo. Es una casa que parece que tiene anhelo de mar, de costa. Es una casa que, estoy seguro, desde sus miradores se ve el Cantábrico. Esquina a Méndez Nudez esta la casa cuyos bajos ocupa la excelente pastelería de Fantoba que, aunque no seas laminero y tampoco te gusten los dulces, entrar en ella y verla es todo un bello espectáculo. Es algo tan «antifuncional», pero tan bello, que los dulces, que son excelentes, saben mucho mejor. Al final casi de la calle están, a un lado, la fachada posterior del Teatro Principal, obra también de Magdalena, y en el otro la iglesia de San Gil, cuyo organo sirve, en algunos momentos, y desde hace escasos años, para dar conciertos magníficos. Este año, la interpretación maravi­llosa de una pieza de Juan Sebastián Bach, con la excelente colaboración de los Infanticos del Pilar y los instrumentistas barrocos de Barce­lona, te vuelve a reconciliar con las iglesias cuando son casas comunales. Si desde San Gil tomas la calle lateral acabaras en el mítico «Tubo» zaragozano de tascas, restaurantes y el Plata, el último café cantante del país. Si vuel­ves por San Gil hacia el Ebro conviene que a la altura de la calle de San Voto te desvies y te internes hacia una de las plazas más bellas de la ciudad: la de Santa Cruz.

Para llegar a ella habrás pasado por delante del palacio de Torrero, recuperado para la ciudad por gentes como Santiago Lagunas, que lo hicieron sede del Colegio de Arquitectos, y que hoy se puede visitar, ya que se utiliza masivamente como sede de importantes expo­siciones. Por allí mismo, la calle de San Voto se cruza con la de San Félix. Ambos santos fueron dos altoaragoneses que la Virgen los salvó de despeñarse —¡hay que ver!— y ambos, en agradecimiento, decidieron levantar un monu­mento a esa Virgen milagrosa e hicieron el maravilloso San Juan de la Peña. En la orilla de la calle que cruza se levanta un edificio de rara belleza que es un intento de modernización del gótico mudéjar y que, de alguna manera, resulta bello, aunque extraño. Y de bruces te encuentras en la plaza de la Santa Cruz y justo, enfrente mismo, hay una casa de vivien­das, el número trece, que es de una serenidad y de una sobriedad tan maravillosas que desde niño he soñado con poder un día vivir allí. Sus dimensiones tan racionales y tan buenamente funcionales, sus balcones, la perspectiva de su fachada, te descubren lo que podría haber sido esta ciudad si de alguna manera alguien hu­biese obligado a los demás a hacer las cosas con la sencillez y el buen gusto que aquí se hicieron. La plaza resulta tan acogedora que, poco a poco, los pintores jóvenes, la gente de las farándulas marginadas, los escritores sin premios ni ganas de tenerlos, la han ido ocu­pando y hay días que toda ella es una tertulia. Cuando hace malo, que aquí es casi nunca, el cobijo de casa Juanico te alberga con buenos manjares y cosas divertidas e imaginativas pa­ra hacer un vermú. El número diecinueve es un sobrio palacio aragonés de buena planta en cuyo interior hay salones de empaque intere­sante. Por la callecica de Juanico desembocas en Espoz y Mina, y frente a ti se alza uno de los pocos palacios gótico-renacentistas salva­dos de la hecatombe, el Palacio de los Pardo y hoy museo Camón Aznar. Entrar en él y re­correrlo, además de ver la pinacoteca de Ca­món cedida a su ciudad, la propia estructura del Palacio es muy interesante para entender cómo eran, con ese patio central y esa galería en el primer piso que se repite en los restan­tes. Y, por el contrario, un alero bellísimo y densamente trabajado en madera.

Por esta misma calle sales a una de las más conocidas vías zaragozanas: la calle de Alfon­so. Es posiblemente una de las pocas vías de la ciudad que fue pensada con un modelo urbanístico y, por razones milagrosas, casi se cumplió. Es una calle recta que desemboca directamente en el Pilar y en la que sus man­zanas fueron diseñadas con absoluto geome- trismo de distancias y de alturas respetando calles laterales. Es, visto hoy, un milagro. Des­graciadamente, ya varias piquetas desafortuna­das han destrozado esa magnífica perspectiva: el hotel y los «grandes» almacenes se han saltado a la torera —«Mamá, ¿a quien untaba papa los días del señor Franco, aquel que esta en los cielos, dicen?»— las leyes urbanísticas y deshicieron lo único que, en esta ciudad, esta­ba, más o menos, igualado.

Conviene que, siguiendo la ruta, te desvíes por la calle de Fuenclara, donde esta la mag­nifica librería que regentaran Seral y Bailo, en una época que aquí leían pocos y que sigue llamándose Libros y en la cual hemos apren­dido a «leer» y a ver pintura —junto con Alcrudo de Pórtico— casi todos los criados en la miserable posguerra hispana. Y también el palacio Fuenclara, hoy cine y Círculo Católico, pero que todavía guarda el empaque de su artesonado y la estructura del patio y de la escalera. Girando a la derecha sales a una de esas plazas que fueron famosas y que espera­mos vuelva a recuperar su dignidad. Es la de San Felipe que, ademas de la iglesia, tiene el Torreón y Casa de Fortea y el palacio de los Arg’illo. La nueva corporación municipal, que no puede levantar la vieja Torre Nueva, empla­zada en un lateral de la plaza, ha adquirido los dos edificios mencionados en un intento de transformarlos: uno, el de Fortea, en el museo Pablo Serrano y el otro, el de Argillo, en un lugar de encuentro de artistas. Una buena esperanza a la que sólo le falta dinero.

Para salir de la plaza puedes hacerlo por Torre Nueva hacia la plaza del Mercado Cen­tral, o por la del Temple —siempre los templa­rios— desembocar en la plaza del Justicia o de San Cayetano. Te aconsejo que lo hagas por la segunda salida y, además, antes de meterte por la del Temple, te paras en la Crepería Flor y te tomas un buen combinado de esas exqui­siteces que hace la «Clod» y que, excelentemen­te adobados por la conversación de Pepe Re­bollo, te permite gozar de dos placeres: el del comer y el del discurrir que, cuando ambos son excelentes, divierten y se complementan maravillosamente.

Por la calle desembocas en la plaza del Justicia. Es un hermoso espacio destrozado por los automóviles aparcados, pero que, a pesar de todo, guarda una perspectiva muy bella con el edificio de Magdalena, entre Isabel y Manifestación, el palacio de los Gabarda haciendo esquina con Buen Pastor —donde nací y desde cuyos balcones me aprendí la vida entera— y la iglesia, de una hermosa fachada barroca dedicada a Santa Isabel y a San Cayetano que, por cierto, nada gustó a Ponz. En su interior reposan las cenizas de Juan de Lanuza, el ultimo Justicia de Aragón, ajusticiado por Felipe II, y cuyo palacio —hoy de los Gabarda— fue también destruido, excep­to un hermoso artesonado aparecido reciente­mente en unas excavaciones.

Por Buen Pastor desciendes una cuestecica que te lleva a la plaza de Lanuza en la que se levanta el Mercado Central, obra modernista y excelente del arquitecto Navarro, y en la que te puedes encontrar desde porches góticos de la antigua plaza, en el lado del barrio de San Pablo, hasta la reestructuración que, dirigida por Magdalena, se levanta con columnas de hierro en la parte de Buen Pastor. Ha sido esta plaza uno de los lugares mas vivos de la ciudad durante años: allí llegaban, a primeras horas de la noche, los torreros de las huertas próximas y, por el suelo, iban descargando sus verduras, sus hortalizas, sus tomates, sus pro­ductos y, pacientemente, esperaban el alba para empezar las ventas y toda esta farándula producía una cohorte de lo más variopinta, desde prostíbulos empobrecidos a tascas irri­tantes y miserables. Desde lugares de ocio, hasta ex hombres arruinados por el alcohol y la vida, que llegaban allí con la esperanza de ganarse unos cuartos para seguir bebiendo y malviviendo.

Al otro lado, surge el barrio más artesanal y variopinto de esta ciudad, hoy ya también en franca decadencia. Un barrio que gira, y ha girado, alrededor de una iglesia hermosa y una parroquia: la de San Pablo. Calles paralelas y perpendiculares forman su entronque: Predi­cadores, Casta Alvarez —donde estuvo la im­prenta en la que Luciano Gracia nos publicaba poemas a todos— las Aramas, San Blas, San Pablo y Boggiero, en donde todavía el Oasis da un empujón a la vida con el misterioso mundo de las variedades que, contra viento y marea, defienden unos locos.

Y las transversales, como Cerezo, Aguado­res, Mayoral, Sacramento, que te lleva delante del actual instituto de BUP Luis Buñuel y antiguo convento y luego cárcel de mujeres. Y más arriba, la plaza de Santo Domingo, con el pequeño mercado de pescados y que ahora va a encerrar, entre sus muros, el futuro teatro del Mercado, que hará posible que esta placita de Santo Domingo, en tiempos viva por la existencia del Ayuntamiento en uno de sus lados y degradada hasta el máximo por la irritante especulación de unos edificios de más de quince plantas en un entorno reduci­do —¿quien era alcalde aquellos años?—, vuel­va a vivir si aun es posible. Es un barrio donde todavía te encuentras edificios góticos o luga­res como la Posada de las Almas, restos del antiguo hospedaje, tan abundante por aquí, y edificios de recuperación aragonesa en años en que esto fue casi posible hasta que se nos arranco la historia de raíz. Es un barrio para andarlo despacio y de día, pues cada vez su silencio es más profundo. Hay lugares, como la Matilde, excelente comedero, donde unos en­loquecidos altoaragoneses se inventan platos y especialidades, o el Mesón San Pablo, donde también gente joven abre puertas a aires nue­vos que esperan que te cobijes por allí para tomar platos que ellos manipulan con extrema­do cariño.

De este barrio no puedes salir sin ver San Pablo, con ese octógono mudéjar tan hermoso hiriendo al cielo desde su propia raiz. Subir a lo alto de la torre, si te dejan, y ver el espec­táculo urbano de este barrio que, en tiempos, lo ocupaban gremios —peleteros, aguadores, bauleros y gentes de la tela— y luego entrar en los todavía numerosos rincones artesanales de profesiones ya casi extinguidas, de viejos maes­tros que ahora, ya solos como los barcos en dique seco, rememoran las glorias de este barrio, alia por los años en que en masa acudían a la plaza de toros a ver el rejoneo y el cachondeo del Baulero que se inventó ban­derillear’ y rejonear toros desde la bicicleta, cosa que nunca consiguió, porque continua­mente el toro lo mandaba a freír churros por los aires. Y lo recuerdan «rejoneando» por las calles. Y te hablan de la guerra en voz baja y de los fusilamientos y de los amigos caídos, muertos asesinados. Luego, cuando vas en silencio recorriendo las calles te suenan los olores, los sonidos y vuelves atras, a tu infan­cia, a aquellos dras de estío en que, para huir del tedio tremendo del verano, caminabas con una novieta adolescente cogidos de la mano por entre las banquetas que, ocupadas por las viejas, murmuraban de la historia presente y del pasado.

Y cuando por Santa Inés sales a Conde de Aranda y de aqur te llegas a la plaza del Portillo vuelves a encontrarte con nuevas paginas de la historia reciente aragonesa, pues a escasos metros se levanta la plaza de toros, un hermo­so ruedo y hacia las Delicias, casi, casi a la altura de la Aljafena, se encuentra el comedero de Emilio, ese ciudadano que nos dio de comer en épocas de represión y que, cuando llegaban las once, cerraban las puertas de la calle y se escuchaba, en el reverencial silencio del miedo y la esperanza Radio París. Luego, como casi nunca pasaba nada, volvíamos a la calle, al frío ventolera de los inviernos, al calor asfixiante de los días de julio y, mansamente, con la mansedumbre que da el tiempo jamas recuperado, ir bajando por la calle que entonces recibía el nombre del dictador de turno, el señor Franco, y dejando el Portillo a un lado —una descomunal y feísima iglesia es todo lo que queda de la famosa resistencia antiffance- sa— embutirnos de nuevo en la ciudad, en la otra ciudad, en la que creció rompiendo por el sur las murallas romanas, cubriendo el río Huerva y desplazándose hasta los montes de Torrero y los secanos de Casablanca, pasando por encima, olímpicamente, del Canal Imperial de Aragón, y, desmadrándose por los vericue­tos del sur, dejar entre sus edificios, intocable por hoy, esa hermosa masa arbórea que es el Parque de Primo de Rivera y que, gracias a un librico recien sacado por el ICE de Zaragoza, se puede recorrer estudiando lo que hay en cada rincón y en cada esquina.

Hacia el norte, las humedades del Ebro ennegrecen pronto los ladrillos y los edificios tienen siempre ese ceiracter entre triste y sucio tan característico de aquella zona. Caminar sus calles y sus plazas ahora que hay un intento serio de convertir las ciudades en espacios recuperados para los ciudadanos y no para los automóviles, es convertirse en militantes de una nueva concepción urbana y que nunca debería haberse abandonado. Por­que, desgraciadamente, la mayoría de la pobla­ción de un lugar que camina siempre con los ojos en el suelo, fundamentalmente para no pisar los detritus de los perros o para huir de la picazón que los tubos de escape producen en sus ojos, desconoce las ciudades, sus pro­pias calles, sus balcones, a veces maravillosos. Esto es una invitación a que, durante unos días, camines mirando las fachadas, los balco­nes, los miradores, los portales y los enormes aleros sobresaliendo al aire de la calle para que descubras el camino por donde, a lo peor, llevas mas de veinte años andando, y no te has enterado de nada. Y para ti, ciudadano que vienes de lejos a una ciudad con vocación tránsfuga, que veas de qué han sido capaces de hacer y de deshacer los que se han queda­do en este descomunal revoltijo arquitectóni­co. Que camines por las calles y plazas no con la mentalidad de ver grandes obras de arqui­tectura, sino el pulso cotidiano de perspectiva que nadie va a explicarte. Toma un plano, sigue lo que te digo, pero tampoco con la fe ciega, sino con la suficiente imaginación para descubrir también, por tu cuenta, lugares her­mosos, que los hay, y que los he dejado por seguir un orden más o menos establecido. Una ciudad no sólo son esos dos o tres edificios catalogables en las guías internacionales. Es algo mas, mucho mas y ese es el humilde intento de lo que te voy narrando, sobre todo que, cuando te vayas de aquí —porque tu también te iras— te lleves una idea mas rica de todos nosotros y que, al pasar por un escapa­rate tan sugestivo como el de Aurea Plou en la calle de Espoz y Mina, pienses que si eso está ahí, no es milagro, sino porque detras hay alguien que lo vive y le da vida. Y si te interesan los anticuarios por este barrio los tienes, en la calle Mayor, en Contamina y en la plaza del Justicia. Y librerías y lugares de tránsito y de parada, y rincones para fotografiarte tú y los tuyos y que nos salga la misma foto que te hicieron cuando viniste con tus padres hace diez o veinte años. Te invito a que tú mismo te inventes la ciudad, porque es un espacio abier­to que lo que necesita, precisamente, es imagi­nación. Trabájala con nosotros. Es una buena aventura.